Lecturas confinadas

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El azar es un bibliotecario infalible, un librero que sitúa en el centro del escaparate o en el lugar más visible de la mesa de novedades el libro que mejor te conviene en cada momento, que casi nunca es el que tú ibas buscando. Durante las semanas del encierro riguroso, y luego en estos meses raros que no terminan, yo he tenido la suerte de encontrar las lecturas que mejor me convenían, porque cumplían al máximo las dos tareas simultáneas pero contradictorias que les pedimos a los libros, y que les pedimos más imperiosamente en tiempos de incertidumbre: la tarea de comprender el mundo tal como es y la de evadirnos de él; la de anclarnos en el aquí y ahora y la de escapar al ayer o al mañana o al érase una vez; la de contarnos qué sucedió y la de apasionarnos por lo nunca sucedido. Nada era más urgente que comprender lo real, que poseer los datos exactos sin los cuales ni podían tomar decisiones los encargados de hacerlo ni podíamos saber qué pensar ni qué opinar sin desvarío la inmensa mayoría de los ciudadanos cuyo deber prioritario fue primero quedarnos en casa, y luego actuar con cautela y responsabilidad y no hacer idioteces. Poníamos la radio cada mañana con angustia, antes siquiera de hacer el desayuno, con la impaciencia y el miedo de enterarnos de lo último. Pero al mismo tiempo, en mayor o menor grado, según el carácter de cada uno, sentíamos la fatiga de una actualidad que en lugar de ilustrarnos nos confundía, una realidad tan confinada como el espacio mismo que habitábamos, tan repetida como los hábitos y los horarios que nada más nacer ya se nos volvían invariables.

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