Aclaraciones

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En España el lenguaje político está tan viciado que es muy difícil expresarse con claridad, y entenderse. Entre columnistas que casi siempre han tenido un pasado de extrema izquierda se puso de moda hace años usar el adjetivo “socialdemócrata” en un tono de burla: socialdemócrata es el blando que dice todos y todas; socialdemócrata el que tiene una idea cromática y arcoiris del multiculturalismo, etc. Lo más gracioso de todos estos que tanto desprecian la socialdemocracia es que seguramente no renuncian a disfrutar ninguno de los beneficios que se han extendido por Europa gracias a ella. Si se ponen seriamente enfermos seguro que van a un hospital público; y si viajan usan sin dificultad medios de transporte colectivos sostenidos por el estado de bienestar. Cada socialdemócrata parece un blando de sonrisa rodriguezapateriana.

Bien. Yo me llamo socialdemócrata porque defiendo las libertades democráticas, la justicia y la igualdad en un sistema de economía de mercado con una administración eficaz, transparente y profesional, y con una red de servicios que aseguren la dignidad para la inmensa mayoría de la población: enseñanza pública, sanidad pública, imperio de la ley, igualdad de derechos civiles, protección de las minorías, fiscalidad progresiva. No hablo de asaltar cielos ni de establecer el paraíso: tan solo de imitar modelos de organización política, administrativa, económica y social que vienen dando excelentes resultados en unos cuantos países desde hace ya bastante tiempo, y que, no siendo perfectos, porque nada lo es, poseen sistemas flexibles y técnicamente fiables de autocorrección

La igualdad ante la ley y la salvaguarda de los derechos civiles, entre ellos el de expresión, exigen una separación radical entre el estado y cualquier confesión religiosa. Yo no soy un simple que se ponga muy contento al ver un corro de niños y niñas de diversas religiones y orígenes étnicos. A las personas no las definen ni la religión y el origen en su ciudadanía. En un estado democrático se garantiza la libertad de cultos, pero también la libertad de no practicar ningún culto, y también la de someter a cualquier religión a la misma observación crítica de la que nadie ni nada está exento en una sociedad abierta.

También creo que en algunas cosas las socialdemocracias europeas han sido menos dúctiles y menos inteligentes que la sociedad americana. La principal, la integración de los inmigrantes (que contrasta mucho, eso sí, con el retraso enorme en la plena integración de los negros y la calamidad sin paliativos del abandono de las poblaciones nativoamericanas). Esa integración se lleva a cabo por dos caminos sobre todo: uno, la abundancia de trabajos muchas veces mal pagados y casi siempre muy duros, pero que le permiten al recién llegado ganarse la vida sin condenarlo al gueto, : lavaplatos, repartidores de comida, albañiles, camareros, taxistas, etc; el otro camino, muy conectado a éste, es la escuela pública. Las escuelas públicas son de calidad muy variable, de excelentes a pésimas, pero desde hace más de un siglo, han ofrecido un espacio de integración cultural para los hijos de los emigrantes, entre otras cosas porque son estrictamente aconfesionales. Escuelas primarias, institutos, universidades públicas: la gran generación de los escritores judíos de Nueva York se educó en el sistema público y completó su formación en unos cuantos centros universitarios de primera calidad: City College, Brooklyn College, entre otros. Y cuando digo escritores debo decir también científicos, economistas, historiadores, críticos. Este modelo ha sido muy dañado por el deterioro de los servicios públicos y por el aumento enorme de la desigualdad. Pero dio y todavía sigue dando buenos resultados. El “super” del edificio donde vivíamos antes era un fontanero que emigró ilegalmente de Guatemala en los años ochenta, huyendo de la guerra civil. Su hija es profesora de universidad.

En las clases que yo visito de vez en cuando en el Bronx hay chicos de todas partes del mundo, que se educan juntos y estudian los mismos programas, sea cual sea su religión. Hay chicas con velo, desde luego. Como ya dije aquí, las de Bangladesh lo llevan con una delicada elegancia. Llevan el velo, pero se están educando en la igualdad, y van a tener oportunidades y dificultades muy parecidas a las de los varones, y a las de otras mujeres que no llevan velo. En una escuela pública no se permiten diferencias de trato, ni hacia los alumnos ni hacia los profesores. ¿Habría que obligar a esas chicas a elegir entre el velo y la educación? Hablé con bastantes de ellas, y me fijé en cómo se relacionaban con los profesores y con sus compañeros. Eran muy parecidas a mi hija cuando tenía esos años: despiertas y vitales. Y prestaban mucha atención cuando yo les explicaba el gran cambio en las vidas de las mujeres que había sucedido en España desde mi primera juventud.

No creo en la ortodoxia multicolor que justifica limitaciones de derechos, marginaciones y abusos en nombre de respeto a diferencias culturales que serían intocables. Un día iba en un taxi charlando con el conductor pakistaní y dieron la noticia en la radio de un atentado con cincuenta muertos en una mezquita en Lahore. El taxista, un hombre muy educado que me preguntaba cosas sobre España, se volvió hacia mí y me dijo: “Es más seguro ser musulmán aquí que en mi país”. En Argentina y Uruguay funcionó bastante bien un sistema de integración basado en la ley y en la escuela, y fue tan sólido que aún perduran muchos de sus rasgos. Yo creo que a los europeos nos vendrían bien fijarnos más en la experiencia de países que no solo recibieron a millones de emigrantes: es que fueron hechos, construidos, levantados por ellos. Por tanta gente a la que el hambre, la injusticia y la intolerancia habían expulsado, precisamente, de Europa.