Ciudades perdidas

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Hace unos cuantos años, una tarde de domingo, a principios de verano, tuve la sensación de caminar entre los monumentos en ruinas de una civilización abolida. Era una sensación futurista, porque esa civilización no era la de los antiguos mayas, o la de los babilonios y sus ciudades de adobe desmoronadas en el desierto. La civilización a la que pertenecían aquellos monumentos abandonados que yo visitaba en el downtown de Los Ángeles era la mía: la de las calles con aceras anchas por las que camina mucha gente y los escaparates que miran los que pasan, la del transporte público, la de la vida mezclada y compacta, en la que se cruzan los placeres y las obligaciones, y en la que nadie puede ignorar la existencia de los otros ni dejar de confrontarse con el hecho asombroso y aleccionador de la variedad de los caracteres y las inclinaciones humanas. Llevábamos dos o tres días en Los Ángeles, y la parte más sustancial de nuestro tiempo la habíamos dedicado a ir en coche: a recorrer autopistas de cinco carriles en cada sentido permanentemente atascadas; a subirnos a un coche y ponernos el cinturón de seguridad; a quitarnos el cinturón de seguridad después de un trayecto no muy largo para salir del coche y atravesar un aparcamiento y llegar a donde tuviéramos que ir; a recorrer en sentido contrario el mismo trayecto, la misma secuencia de tareas automovilísticas: aparcamiento, cinturón de seguridad, recorrido por una carretera, otro aparcamiento. Los barrios de la ciudad y las carreteras se disolvían en la misma secuencia poco a poco irreal, porque casi siempre la veíamos a distancia y desde el otro lado de una ventanilla, desde el interior hermético con aire acondicionado.

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Memphis (Trevor Birchett, 2013)
Memphis (Trevor Birchett, 2013)