Convaleciendo

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A veces dura tanto el catarro que parece que uno, más que sobrellevarlo, se ha quedado a vivir en él, como en una casa llena de incomodidades, pero que es la casa de uno, y es también un lugar de retiro, con unos horarios peculiares. Se está despierto a las cinco de la mañana porque no se puede respirar y se consigue un rato de sueño reparador -el adjetivo, qué se le va a hacer, es exacto- entre las diez y las once. Hay obligaciones de las que uno queda absuelto, pero de otras no, de modo que con fiebre y con mocos y mareo hay que escribir un artículo, que saldrá mejor o peor, pero que tenía que escribirse sin más remedio, y una vez terminado parece mentira, y es como respirar un poco mejor después de horas con la nariz taponada. Indiferente al catarro la bandeja de entrada del correo sigue subiendo como un termómetro que marca la fiebre. A las tantas de la madrugada, ya medio amaneciendo, distraigo la lucidez superflua del no dormir leyendo a Pessoa con mi diccionario de portugués al alcance de la mano.

“Tudo o que dorme é criança de novo”.