Un remedio

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Estaba nervioso y desalentado, y además en la calle duraba, dura desde hace varios días, un viento helado que traspasa la ropa, que hiela las orejas y las manos y lo asalta a uno a la vuelta de las esquinas. No quería mirar el periódico y acababa mirándolo. Casi tenía nostalgia de aquellos tiempos -el siglo pasado- en los que viajar aquí era quedarse sin noticias de España, cuando había que ir a ciertos kioscos a ciertas horas para encontrar periódicos españoles del día anterior. Los veteranos le explicaban a uno que El País del día llegaba al kiosco del Waldorf Astoria a eso de las doce de la mañana, pero que había que darse prisa, porque se acababa en seguida.

Pero tenía que seguir preparando la clase de la tarde, así que apagué el portátil, lo dejé a un lado, y puse sobre la mesa Doctor Jekyll & Mr. Hyde y abrí el cuaderno de tomar notas y tomé el lápiz de subrayar. El efecto tranquilizador fue instantáneo. Como tomarme un lexatín en el que hubiera también una dosis de algo euforizante. Sumergirme en serio y a fondo en la literatura, como en el arte o en la música, como ir en bicicleta o dar un paseo de varias horas, me alimenta y me cura. Adentrarme en un libro que creía conocer bien para ver cómo está hecho, cómo funciona por dentro, preguntándome cómo reaccionará a él cada persona en la clase. Discutimos, leemos pasajes en voz alta, comparando el original con las traducciones al español, descubrimos en la lectura de otro cosas inadvertidas que enriquecen la nuestra. La lectura en común es el complemento de la insustituible lectura solitaria. A las seis y cuarto, cansado y tranquilo -dar clase cansa físicamente mucho, como sabe cualquiera que se dedique al oficio- voy hacia el metro, camino de casa, todavía pensando en el libro, la mente agitada, admirando más el talento narrativo de Stevenson, su fuerza poética: Londres, de noche, bajo la luna, en la niebla, las calles desiertas bajo las lámparas de gas.

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