Cosas que observa un niño

Publicado el

Vino a cenar nuestra amiga Julia Newman, que perdió hace poco a su marido, Harold, un hombre alto, callado, atlético, bastante mayor que ella, oncólogo prestigioso. Harold empezó enfermando de algo poco importante y poco a poco se desmoronó sin remedio, con una larga agonía de regresos sin esperanza a los hospitales. Ahora Julia se recupera del agotamiento físico y el duelo e intenta acostumbrarse a la soledad, a volver cada día al apartamento en el que nunca hasta ahora había estado sola. Es una mujer enérgica, muy interesada por España, autora de un hermoso documental sobre las mujeres americanas en nuestra guerra civil, en la Brigada Lincoln, Into the Fire. A algunos de los últimos veteranos vivos me los presentó ella. La protagonista neoyorquina de La noche de los tiempos nació en parte de esas historias. Anoche, durante la cena, nos contaba recuerdos de su niñez en Brooklyn, en una zona de gente trabajadora y sindicalista, judíos, italianos, polacos. Se acuerda, con la mezcla de precisión y vaguedad de las imágenes infantiles, de que después de la II Guerra Mundial no paraban de llegar parientes de Europa, gente con aspecto de penuria que hablaba mal inglés y hacía largas visitas contando historias que ella no entendía. Sus ojos quedaban a la altura de la mesa: es el enigma de las proporciones de los espacios familiares y las cosas vistas desde la perspectiva de un niño. Julia no entendía de lo que hablaban los mayores, muchas veces ni siquiera la lengua en la que se comunicaban con sus padres y sus abuelos. Pero veía de muy cerca debido a su estatura los números que aquellos parientes traían tatuados en los antebrazos.

 

Brooklyn Bridge, fotografía compartida por Postdlf bajo licencia Creative Commons.
Brooklyn Bridge, fotografía compartida por Postdlf bajo licencia Creative Commons.