Agradecimientos

Posted By on Jun 24, 2014 | 336 comments


Decía Gotardo, al principio de todo esto, que escribir en un blog es como tocar en directo, y tenía toda la razón: la ventaja es la inmediatez de la improvisación, el peligro es dar alguna nota falsa. Ayer no me expliqué bien, en un sentido: la toxicidad de la que yo me quejaba, y me quejo, no ha sido casi nunca la de quienes intervenimos aquí, sino la que nos rodea a todos, a mí también, y nos afecta sin que nos demos cuenta, como esas partículas de contaminación que son tan dañinas porque son mucho más pequeñas que las partículas naturales.

Lo que yo siento, en medio de la agitación permanente, de las reacciones airadas e inmediatas, es una necesidad de silencio. Me apetece el ejercicio de callar, escuchar, observar. Discutir es imprescindible, pero cuando uno ve la repetición permanente y la circularidad de una gran parte de las discusiones españolas -El Tema, El Asunto, como hemos dicho aquí algunas veces- tiene la impresión de que vivimos encerrados en cámaras de ecos, algo que probablemente favorece internet. No es un fenómeno exclusivamente español: en Estados Unidos las posiciones políticas son cada vez más impermeables entre sí, porque cada uno vive en una burbuja a su medida, cada uno con su periódico, sus blogs, sus canales de tv por cable, sumergidos en realidad o irrealidades paralelas. El resultado es un bloqueo permanente de la acción política, por falta de capacidad de acuerdo, o de eso que en inglés se llama compromise, uno de tantos falsos amigos para los traductores: to compromise no es comprometerse, sino alcanzar un acuerdo, un término medio, un arreglo beneficioso, aunque inestable. Fue esa capacidad de acuerdo la que llevó en los años sesenta a los avances sociales más significativos de toda la historia del país: las leyes sobre los derechos civiles, las que impulsó el presidente Johnson para luchar contra la pobreza y asegurar la asistencia médica a los ancianos. Eso ahora mismo sería impensable en Estados Unidos. Y cuesta imaginar que fue un presidente republicano, Nixon, quien firmó las primeras leyes de protección ambiental, igual que un presidente republicano, Theodore Roosevelt, creó los parques nacionales. Ahora los republicanos proscriben la enseñanza de la teoría de la evolución en las escuelas y hasta cualquier referencia al cambio climático.

Yo creo que a todos nos vendría bien tranquilizarnos un poco, o ni siquiera eso: bastaría con que aplicáramos a nuestras posiciones políticas una dosis de pragmatismo, tolerancia y buen sentido parecida a la que aplicamos en la vida diaria. Casi nadie es un insensato, un maximalista o un iluminado en la gestión de sus intereses o de sus afanes particulares(y cuando lo es no tarda mucho casi nunca en pagar las consecuencias). Nadie se asegura de que las ideas políticas de un bombero se parecen a las suyas antes de pedir y agradecer su ayuda en un incendio. Quizás cuanto más nos alejamos de lo concreto nos vamos volviendo más propensos al dogmatismo y a la irracionalidad. Mi paisano ilustre, el profesor José Luis Villacañas, me explicó el año pasado que el empirismo y el pragmatismo que acabarían dando lugar al método científico lo empezaron a cultivar los médicos, que en la España del siglo XVI eran casi siempre conversos: si se quiere saber lo que le pasa a un enfermo y buscarle un remedio por fuerza hay que prestar atención a los datos visibles, más que a las máximas aristotélicas. Aquí nos pasa a veces eso que contaban de un intelectual francés: “Sí, muy bien, esto funciona en la práctica. ¿Pero sabemos si funciona en la teoría?”

Me apetece más todavía el silencio porque estoy queriendo escribir una novela en la que llevo trabajando sin parar casi un año: me llena la vida y la imaginación, me hostiga por dentro cuando la dejo de lado, aunque solo sea un día, quiere que le dedique cada hora y cada minuto de mi tiempo.

Para escribir uno ha de estar solo y callado muchas horas, muchos días. Pero si hay algo que yo he aprendido aquí estos últimos años es la fuerza invisible de la gran fraternidad de la literatura. De eso trataban los dos regalos que dejé ayer.

Gracias, y hasta pronto.