Amigos cubanos

Posted By on Nov 14, 2010 | 50 comments


Rastros de Cuba en Nueva York: en la esquina de Broadway con la 107, donde hay una tienda de vinos, solía reunirse una tertulia de cubanos muy viejos, muy conversadores, sentados en las sillas de una manera que se veía desde lejos que no era de este mundo anglosajón: con el garbo y la calma con que se sientan o se sentaban las personas mayores en España a tomar el fresco en las noches de verano. Hace tiempo que no los veo. El centro de la tertulia era un señor negro vestido con trajes claros impecables, con sombrero, con un bastón que aposentaba entre las dos rodillas separadas mientras miraba pasar a la gente, llevándose la mano al ala del sombrero para saludar a alguna mujer que lo miraba. Pasaba uno por la esquina y se escuchaba a distancia el clamor de las anchas vocales cubanas, un enredo de chismes y disputas sobre política que parecían estar sucediendo en la Habana anterior a 1959.

Más arriba hubo una estupenda casa de comidas cubana, La Rosita, donde daban una ropavieja deliciosa a un precio inverosímil. El local estuvo vacío durante varios años, y ahora han puesto en él uno de tantos Nails Salons, esos establecimientos de manicura y pedicura atendidos por mujeres asiáticas que están por toda la ciudad.

Anoche pasé junto al lugar donde estuvo La Rosita mientras daba un paseo con mi amigo Vicente Echerri, que va también arreglado como un caballero cubano de hace más de medio siglo, y que camina a ese paso sin premura  propicio para la conversación que también es ya una rareza: caminar charlando y detenerse de vez en cuando para enfatizar un argumento o señalar algo digno de ser observado. Vicente se gana la vida como traductor y escribe poemas y cuentos magníficos. Sus cuentos transcurren casi siempre en la ciudad de su infancia, Trinidad, que él invoca con una capacidad meticulosa para revivir sensaciones físicas y matices del recuerdo, entre Proust y Nabokov.

Veníamos de la Casa Hispánica de Columbia, donde yo había presentado una novela de otro amigo cubano, Fernando Velázquez. La novela se titula Última rumba en La Habana. La ha editado una pequeña editorial de Tenerife, Baile del Sol. En la novela hay muchos personajes, reales e inventados, entre ellos su propio autor, que aparece en un autorretrato muy sombrío, recién salido de la cárcel, marcado aún por la tortura. Pero el personaje central es La Habana misma, la ciudad que se desintegra de abandono y pobreza, con solares de ruinas y cartelones políticos, con gente que va de un lado a otro buscándose la vida, respirando el miedo, aceptando la indignidad para sobrevivir, imaginando formas de huida, haciendo el amor, emborrachándose, refugiándose en los libros o en la locura, el los chistes sobre el tirano, en la omnipresencia de la música. Y en cuanto termina la claustrofobia porque se logrado huir empieza la nostalgia, como las dos caras de la misma experiencia.

En Cuba Fernando perteneció a un grupo disidente que se llamaba Criterio Alternativo, junto a la escritora María Elena Cruz Varela. Visitaban a diplomáticos y a corresponsales de periódicos extranjeros para informarles de la situación en la que estaba viviendo la mayor parte de la población cubana, la que no tiene acceso a los dólares y a las tiendas especiales. A Fernando lo detuvieron y pasó dos años en la cárcel. Es un hombre que se queda mucho en silencio pero que cuando empieza a hablar lo hace con el brío verbal de quien tuvo que callar mucho tiempo. Si Vicente Echerri tiene el habla  de la clase media de Trinidad, la de Fernando pertenece a los barrios populares de La Habana. Ha traído de ellos el talento cubano para las narraciones orales. Me cuenta que en los años 80 los jóvenes negros querían imitar las imágenes que veían en algunas películas americanas y salían a la calle llevando al hombro grandes radiocassettes a todo volumen, los Ghetto Blasters del Bronx. Pero los aparatos que se cargaban al hombro los muchachos habaneros eran de fabricación soviética, y eran mucho más grandes y pesaban el doble, de modo que iban agobiados por el peso.

Me habla de una celda en el sótano de una comisaría, con capacidad para 7 personas, en la que había cuarenta detenidos. De pie, durante días y noches enteros, apretados unos contra otros, sin comida, sin retretes. Hacía tanto calor que el vapor de la transpiración subía hacia el techo de cemento y al enfriarse contra él caía en forma de lluvia.