Como el que oye llover

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Estoy sentado en un banco en la calle, o en una estación, o una sala de espera, y alguien se sienta a mi lado y me cuenta lo que se le pasa por la cabeza. Estaba pasando el rato, en el Paseo de Recoletos, haciendo hora para ir a una comida, y un hombre que llevaba varias bolsas de plástico llenas de cosas en las manos y una mochila a la espalda se paró delante de mí y se quedó mirándome fijo con los ojos empequeñecidos por unas gafas antiguas de culo de vaso. Me contó que tenía una enfermedad con un nombre técnico del que ahora no me acuerdo, pero que los médicos se negaban a reconocerla, “por intereses oscuros”. Análisis reveladores se habían extraviado sin rastro. Había viajado a Londres con la esperanza de que los médicos de allí no formaran parte de aquella evidente conjura, y al principio todo había ido bien, pero poco a poco se dio cuenta de lo que estaban tramando, y pudo escapar a tiempo. “Escriba sobre eso”, me dijo, siempre de pie, sin dejar las bolsas en el suelo, con una vehemencia que llamaba la atención de algunas personas que pasaban. “Usted que puede, cuente lo que me está pasando”. Los periodistas a los que se había dirigido eran tan cobardes como los médicos. El lobby de las vacunas lo controlaba todo. Un abogado al que quiso contratar se echó atrás en el último momento.

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