Una tumba sin nombre

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El nombre del niño que levanta las manos en el gueto de Varsovia en 1943 no ha llegado a saberse. Una vez vista la foto ya no se puede olvidar. El niño tendrá unos ocho o diez años, las piernas muy flacas, con calcetines altos, las rodillas muy rozadas, y lleva una gorra y un abrigo que le quedan grandes. Está un poco apartado de un grupo de personas, sobre todo mujeres y hombres mayores, a quienes los alemanes sacan del refugio en el que se escondían, una vez sofocado el levantamiento de los judíos del gueto. Es un niño flaco, aturdido, sin duda paralizado por el miedo, y levanta los brazos con la misma seriedad que los adultos, el mismo desvalimiento, mientras un militar alemán apunta hacia él un subfusil. Se sabe el nombre y hasta la graduación del militar, un sádico célebre que fue ejecutado años después de la guerra, y también el del fotógrafo, y el de algunas de las personas en el grupo, todas ellas destinadas a los campos de exterminio. Y se sabe que esa foto formaba parte de un libro, mezcla siniestra de reportaje y de álbum de recuerdos, en el que se documentaba la destrucción del gueto y el cautiverio y el asesinato de muchos de los supervivientes.

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