El que vive más

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Un músico joven extremadamente cercano a mí me regala la reedición del álbum blanco de los Beatles que viene con el periódico del domingo. Para él esta música es del todo contemporánea —al fin y al cabo quienes la hicieron tenían más o menos la edad que él tiene ahora—. Para mí viene de una zona del pasado muy anterior a su nacimiento. Y sin embargo para los dos se nos vuelve igual de presente cuando la escuchamos, no domada ni desvaída por el tiempo, fortalecida por los casi cincuenta años que lleva existiendo, tan nueva como entonces, o quizás más aún, porque ahora llega a oídos hastiados por la banalidad omnipresente de las formas más comerciales del pop, las que nos vienen prefabricadas en las radiofórmulas de los taxis y hasta en los pasillos de los supermercados. Parecer nuevo en el momento es relativamente fácil. Seguirlo pareciendo al cabo de medio siglo es un atributo del gran arte. Lo que a mí me entusiasmaba hasta casi el trastorno hacia 1970, en mi provincia aislada, provoca efectos parecidos en un hijo mío que ha viajado por el mundo y ha tenido acceso a muchas más músicas de las que yo podía conocer a su edad, y además entiende las letras que yo intentaba descifrar palabra por palabra con un diccionario, cuando tenía la suerte de que vinieran en la contraportada o en el interior del LP.

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Seguir leyendo en El País (2 / 11 / 2013)