El que vive más

Posted By on Nov 2, 2013 | 19 comments


Un músico joven extremadamente cercano a mí me regala la reedición del álbum blanco de los Beatles que viene con el periódico del domingo. Para él esta música es del todo contemporánea —al fin y al cabo quienes la hicieron tenían más o menos la edad que él tiene ahora—. Para mí viene de una zona del pasado muy anterior a su nacimiento. Y sin embargo para los dos se nos vuelve igual de presente cuando la escuchamos, no domada ni desvaída por el tiempo, fortalecida por los casi cincuenta años que lleva existiendo, tan nueva como entonces, o quizás más aún, porque ahora llega a oídos hastiados por la banalidad omnipresente de las formas más comerciales del pop, las que nos vienen prefabricadas en las radiofórmulas de los taxis y hasta en los pasillos de los supermercados. Parecer nuevo en el momento es relativamente fácil. Seguirlo pareciendo al cabo de medio siglo es un atributo del gran arte. Lo que a mí me entusiasmaba hasta casi el trastorno hacia 1970, en mi provincia aislada, provoca efectos parecidos en un hijo mío que ha viajado por el mundo y ha tenido acceso a muchas más músicas de las que yo podía conocer a su edad, y además entiende las letras que yo intentaba descifrar palabra por palabra con un diccionario, cuando tenía la suerte de que vinieran en la contraportada o en el interior del LP.

[…]

Seguir leyendo en El País (2 / 11 / 2013)

19 Comments

  1. Un proyecto de vida. El que vive más.

    ”     LA GLORIETA  –  IV
            LA CASILLA  –  VI

    Entretanto, desde el día del escándalo, Larsen visitó todas las tardes de seis a siete, y de cinco a siete los sábados y domingos, la glorieta de la quinta de Petrus.
    No sabía si Petrus estaba o no en la casa, si ignoraba, por su parte, las entrevistas en la glorieta. De todos modos, la alta casa, las luces amarilleando calmosas y remotas en los tempranos anocheceres, significaban la presencia de Petrus. Y aunque a veces dudaba de la realidad del encuentro en el hotel de Santa María, nada era capaz de alterar su seguridad de que le había sido confiada la misión de rescatar el título, de que existían un pacto y una recompensa. No quería hacer preguntas sobre los viajes de Petrus, temeroso de que cada palabra aludiera a su fracaso o, por lo menos, a su demora. Y también, más oscuramente, averiguar hubiera significado dudar: de Petrus, de su propia capacidad para cumplir la promesa. Pero, sobre todo habría significado abstractamente, la duda, lo único que en aquellos días le era imposible permitirse.
    Josefina, la sirvienta, le abría sin demoras el portón, no contestaba a sus frases equilibradas entre la amistad y la galantería, y se adelantaba para guiarlo, sola o con el perro. Era, cada vez, y cada vez más descorazonador, como soñar un viejo sueño. Y ya, al final como escuchar cada tarde el relato de un mismo sueño, dicho con idénticas palabras, por una voz invariable y obcecada.
    La caminata por la larga calle arbolada, que no era ahora otra cosa que un esfuerzo físico y durante el cual se cuidaba de pensar, como de meter un zapato en el agua parda de los baches; la campana, el portón y la breve espera en el crepúsculo desanimado; la mujer oscura y hostil; a veces el perro, pero, en todo caso, los ladridos imbéciles y metálicos; el jardín descuidado, el trío húmedo verdinegro, la blancura impenetrable de las estatuas; la lenta, lentísima peregrinación, como impedida por un endurecimiento del aire, hasta la glorieta, hasta la bienvenida nerviosa de la risa de la mujer; altas, elevándose poco a poco en el cielo, las luces amarillas, tan increíblemente apacibles, del piso superior de la casa.
    Después ella, el fatigoso, perpetuo misterio, la ineludible incitación de un sacramento.
    Una tarde y otra; la última mirada de examen en el espejo del armario de la habitación de lo de Belgrano, la glorieta como un barco que lo llevara aguas abajo durante una hora, el doble los días de fiesta. Porque ella no hacía otra cosa que preguntar y oír, y sólo daba, en pago de las respuestas, su risa y su abstracción.
    Era una mujer, sin dudas, y era hermosa y arisca, y en algún lugar se estaba perfeccionando, detalle por detalle, un porvenir que le daría a él, Larsen, el privilegio de protegerla y pervertirla. Pero éste no era el tiempo de la esperanza sino el de la simple espera. […] ”

    Juan Carlos Onetti
    “El astillero”
    Biblioteca Básica Salvat de Libros RTV (1970)

    ” … Creo que la última vez que escuché completo este álbum fue todavía en vinilo … ”

    ” Aunque esto pasó en los años setenta, en aquella ciudad de provincias y en otros pueblos pequeños los setenta distaron mucho de la imagen que tenemos hoy en día, o incluso de los setenta que viví en Vancouver. Los chicos llevaban el pelo más largo, pero tampoco es que fueran melenudos, y no se respiraban aires nuevos de liberación o rebeldía.
    Mi tío empezó a darme la lata por no esperar a que bendijera la mesa. Pasé una temporada en casa de mis tíos, cuando mis padres se fueron a África. A mis trece años nunca había inclinado la cabeza para rezar sobre un plato de comida.
       —Bendícenos, Señor, y bendice los alimentos que vamos a recibir —dijo el tío Jasper, sorprendiéndome con el tenedor en alto y procurando no masticar la carne y las patatas que acababa de meterme en la boca—. ¿Sorprendida? —me preguntó, después de ‘por Jesucristo, amén’. Quiso saber si quizá mis padres rezaban una oración distinta al final de la comida.
       —No dicen nada —confesé.
       —¿En serio? —preguntó con teatralidad—. No irás a decirme que hay quien no bendice la mesa pero se va a África a velar por los infieles. ¡Habrase visto!
    En Ghana, donde mis padres daban clases en una escuela, al parecer no habían topado con muchos infieles. El cristianismo florecía exuberante a su alrededor, incluso en pancartas colgadas en la parte posterior de los autobuses.
       —Mis padres son unitarios —dije, excluyéndome por alguna razón.
    El tío Jasper meneó la cabeza y me pidió que se lo explicara. ¿Acaso mis padres no creían en el Dios de Moisés? ¿Ni en el Dios de Abraham? Entonces debían de ser judíos. ¿Que no? A ver si iban a ser mahometanos…
       —Mas bien se trata de que cada persona tiene su propia idea de Dios —le contesté, con una rotundidad que quizá no se esperaba. Mis dos hermanos iban a la universidad y no apuntaban maneras beatas, así que estaba acostumbrada a las discusiones vehementes sobre religión y ateísmo cuando nos sentábamos a cenar—. Pero mis padres creen en hacer buenas obras y en seguir el buen camino en la vida. […] ”

    Alice Munro
    “Mi vida querida” (2012)
    ‘Santuario’
    Traducción de Eugenia Vázquez Nacarino
    Lumen, 2013

    ”     24

    En cualquier rincón de la ciudad unas velas encendidas, unas flores debajo de la fotocopia de una cara borrosa, una serie de nombres escritos con tiza sobre el pavimento o sobre un lienzo de papel, erigen un precario memorial, delimitan un santuario en el que muchas veces no hay ningún signo religioso, y que otras veces es como un altar a una devoción improvisada y milagrera, con pequeños crucifijos de plástico, con estampas de la Virgen o del Sagrado Corazón. (…)
    Cada canción, estos días, puede ser un réquiem, pero no hay réquiem más sobrecogedor que el que se ve y se escucha un anochecer lluvioso en la explanada del Lincoln Center, en una gran pantalla situada frente al edificio de la Metropolitan Opera, delante de unas hileras de sillas metálicas en las que no hay casi nadie, sólo algunas personas aisladas con chubasqueros y paraguas. (…)
    Pero cuando asciende poco a poco el volúmen del réquiem, cuando el coro se dispone a proclamar que toda carne es como hierba y que los días del hombre sobre la tierra no son nada, precedido por el crescendo de los timbales y las cuerdas, acompañado por los vientos que un poco después invocarán las trompatas de la resurrección de los muertos, la música retumba en la explanada y en los soportales del Lincoln Center, en los que muchos espectadores nos hemos refugiado de la lluvia, resuena en los muros escalonados de ladrillo y en las fachadas verticales de cristal, anegando los ruidos del tráfico, arrastrándolos como una inundación que se lleva consigo todo lo que encuentra a su paso y lo convierte en parte de su mismo caudal: los golpes de timbales, las voces del coro de los hombres y las del coro de mujeres estremecen con una fuerza simultánea de ascensión y derrumbe, de fin del mundo y llamamiento a la resurrección, y no importa que uno no crea en otra vida para que esa música lo arrebate con la emoción de lo sagrado, igual que no importa que suenen al mismo tiempo las sirenas, que esté lloviendo, que los coches se arremolinen haciendo sonar los cláxones en un atasco de tráfico. Incluso es preferible no creer que hay una vida después de la muerte, y también no encontrarse entre los privilegiados con esmoquin que están escuchando el réquiem en el auditorio del Avery Fisher Hall, envueltos en el aire cálido y en la perfección acústica, beneficiarios de un confort que sin duda amortiguará la sugestión de apocalipsis de esta música. Aquí, a la intemperie, frente a la enorme pantalla electrónica, recortada contra el fondo oscuro de los edificios y los fulgores morados y rojizos del cielo, el Réquiem alemán de Brahms cobra las dimensiones del espacio abierto en el que se difunde, se revela tan arrebatador y desolado como la ciudad misma, tan lleno de pánico y a la vez de consuelo como el alma de cualquiera que anda solo por estas calles y se encuentra perdido frente al tamaño del mundo, frágil como un insecto, tan vulnerable al desastre como los miles de muertos para los cuales el día del Juicio Final llegó anunciado no por las trompetas de los ángeles, sino por el ruido de los motores de los aviones que chocaron contra las Torres Gemelas. El réquiem asciende hacia una tensión de cataclismo, como una sirena o un motor que se acercan, y de golpe se amansa, sugiere la aceptación de la muerte, la dulzura de no esperar la resurrección sino de disolverse en el olvido. Vibra el pavimento porque un convoy del metro está pasando muy cerca y el temblor y el ruido hondo de las ruedas del tren sobre los raíles se confunde con la pesada palpitación de los timbales, y un alarido de sirenas que bajan hacia el sur raya como un furioso garabato la solemnidad unánime de las voces que cantan los versículos del Apocalipsis o salmos de David en los que se invoca con fervor alarmante al Dios de los ejércitos. ”

    AMM
    “Ventanas de Manhattan” (Seix Barral, 2006)

    ”    ‘El pozo’ o el abismo del ser

    ‘Come su comida fría, fuma minuciosamente, bebe largo vino tinto sin buscar a nadie, como llorando al revés, hacia adentro, por lo que se escapa y se pierde mientras el humo se disuelve entre las cuatro paredes de su pozo de aire… Hay muy pocas cosas que le importen (tal vez la pureza pura con garantía de imposible) y sin embargo se desvela por todas las cosas. Detiene la noche y sobre un cuaderno escolar, con letra torpe, enciende una lámpara y cambia, inventa, compone, provoca la vida dentro de su vida.’ [Carlos Maggi. “Gardel, Onetti y algo más”, Alfa, 1967] Estas palabras tienen un destinatario real, Juan Carlos Onetti, y, sin embargo bien pudieran recoger los atributos ficticios de Eladio Linacero, el angustiado protagonista de El pozo (1939), o de cualquiera de los antihéroes (Jasón, Suaid, Larsen, Brausen, Osorio, Aranzuru…) que nutren la narrativa onettiana. Todos ellos, imágenes de una misma zozobra, confluyen en Onetti, espejo de una búsqueda que reclama como único objeto ‘la rebelión solitaria contra la condición humana’. [Paul Vendervoye, “Antología de la narrativa hispanoamericana (1940-1970), t.II, Gredos, 1979 (…)] No otro es el diseño dominante –como muy bien ha visto Hugo Verani– de la narrativa de Onetti: ‘ la toma de conciencia del envilecimiento de la existencia humana y la futilidad de toda tentativa de comunicación conducen al individuo a proyectarse en ámbitos anhelados, a compensar su marginalidad con el desplazamiento de la “realidad” a la “ficción” ‘. [Hugo Verani, “El palimpesto de la memoria: Dejemos hablar al viento de Onetti”,(…) Nuevo Texto Crítico, vol. I, 1988 (…) ] (…). […] ”

    Jaume Pont
    en “Ámbitos Literarios | Premios Cervantes”
    Anthropos — Editorial del Hombre, 1990

    Con tan buena suerte que este trabajo de Jaume Pont incorpora a modo de música vivamente celestial, este poema de J.C.Onetti que apareció manuscrito en Cuadernos Hispanoamericanos con motivo del monográfico a él dedicado en 1974:

    Y el pan nuestro

    Sólo conozco de tí
    la sonrisa gioconda con labios separados
    El misterio
    mi terca obsesión
    de desvelarlo
    y avanzar por fiado y sorprendido
    tonteando tu pasado.
    Sólo conozco la dulce leche de tus dientes
    la leche plácida y burlona
    que me separa
    y para siempre
    del paraíso imaginado
    del imposible mañana
    de paz y dicha silenciosa
    de abrigo y pan compartido
    de algún objeto cotidiano
    que yo pudiera llamar nuestro.

    Sencillamente amazing.
    ¿O no? (…que susurraría McCartney en un afinado tweet) :)

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  2. Sap,

    Eres una enciclopedia beatlemaniana o como se diga.

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  3. Sap,

    Este doble álbum fue una especie de recopilatorio de lo que habían hecho durante su retiro en la India, que no supuso otra cosa más que acentuar las individualidades frente al grupo y aceleró su disolución.
    Y el “Album Blanco” es consecuencia de ello: una suma de canciones magníficas, pero cada una de ellas creación singular de cada miembro del grupo, en especial McCartney y Lennon, y también Harrison, con su excepcional “While my guitar gently weeps”.
    Esta liquidación por derribo se acentuó en “Let it be” y tuvo como prodigioso canto del cine “Abbey road”.
    En todo este periodo, Macca fue el que efectivamente capitaneó a los Beatles, con Lennon y Harrison a otras cosas y Ringo, bueno, Ringo es Ringo…

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  4. Totalmente de acuerdo, amigo Sap.
    McCartney fue el auténtico líder del grupo en su etapa de madurez y de renovación musical. Lennon se “limitaba” a aportar su genialidad… que no era poco…
    Macca tuvo la “desgracia” de no morir joven y haber hecho un bonito cadáver para haber tenido el reconocimiento mítico de su compañero.
    Yo también creo que Paul ha llevado bastante bien ser el que ha vivido más de esa sociedad irrepetible.
    Y aquí está haciendo alguna de las suyas hace pocos días:
    http://www.antena3.com/noticias/cultura/concierto-sorpresa-paul-mccartney-times-square_2013101100175.html

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  5. FGMorilla,
    .
    Así es, Sr. Morilla, de la primigenia realidad del Lennon-McCartney que tan poco duró, se pasó a ese convencionalismo molesto.

    El caso es que no habrá que negarle a McCartney que cuando empezó el naufragio tras la muerte de Brian Epstein, se echó a los Beatles a la espalda como Puyol o Iniesta se echan a la Roja y tiró palante con lo que comenzaba a ser una ficción. Juan Lennon ya pasaba de todo y su liderazgo mediático no le importó que lo tomara su compi. Él ya se había aburrido de todo aquello, y es que el gran fracaso de los Melenudos fue no haber sabido superar la mentalidad de “conjunto”.

    Pero es que encima y para desgracia de Macca, a Lennon lo asesinan cuando apenas había cumplido cuarenta años. Superar el mito así nacido es para desesperar a cualquiera, pero a fe mía que Pablo McCartney ha aguantado el tipo la mar de bien.

    :-)

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  6. Maties,
    .
    Resulta meritorio que el Álbum Blanco se conciten varias master-pieces de muy distintos palos. Por citar solo a Macca, tenemos la canción de vodevil años 20 que enlazas: “Honey Pie” (estupenda la versión que montó la Pasadena Roof Orchestra: https://www.youtube.com/watch?v=UIUoy0pM7zw )

    Pero, ¿y qué de las incursiones en el heavy metal -“Helter Skelter”-, de la canción infantil -“Ob-La-Di-Ob-La-Da”, de la country song a la manera de John Denver -“Mother’s Nature Son”- , del rock’n’roll más ortodoxo – “Back in the USSR”- etc, etc, etc.? Vaya alarde de imaginación y creatividad la de este Pablo McCartney apabullante.

    :-)

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  7. A modo de curiosidad, decir que “Helter Skelter”, canción cuya versión de U2 podemos escuchar en el youtube colocado arriba, era la canción que ordenaba el inicio de las acciones sangrientas de Charles Manson y compañía, según su perturbada mente, claro.

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  8. Querido Antonio, si mal no recuerdo esa pretensión de alterar el clásico Lennon-McCartney fue en los años 70, cuando Lennon aún vivía y ambos estaban en lo más feroz de sus desavenencias postbeatle. De hecho, McCartney llegó a publicar su triple álbum de vinilo en directo “Wings over América” (1976) con las canciones de la época Beatles firmadas por McCartney-Lennon.
    Creo que McCartney ha asistido a numerosos homenajes a Lennon en los que se ha reconocido a John ampliamente y con justicia, la misma que se debía haber seguido para también homenajearlo a él en muchos de esos actos. Quizá de ahí venga esa disconformidad que percibes en sus declaraciones.

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  9. ” … Lo que a mí me entusiasmaba hasta casi el trastorno hacia 1970 … ”

    ”    EL ASTILLERO   –   VI

    Ni en aquella noche ni en varias siguientes pudo Larsen encontrar a Gálvez. Se comprobó que no había hecho ninguna denuncia en el Tribunal de Santa María. No volvió a la casilla ni al astillero. En la gran sala aterida, sólo recibía a Larsen un Kunz monosilábico y apático, que tomaba mate mientras iba estirando con descuido antiguos planos azules de obras y maquinarias que nunca fueron construidas, o cambiaba de lugar las estampillas del álbum.
    Kunz no se acercaba ya a la Gerencia General y Larsen no conseguía interesarse en el contenido de las carpetas. Sabía que se acercaba el fin, como puede saberlo un enfermo; reconocía todos los síntomas exteriores pero confiaba mucho más en el aviso que le daba su propio cuerpo, en el significado del aburrimiento y la abulia.
    Aprovechaba con escepticismo las pocas energías matinales y lograba casi siempre distraerse unas horas, sin entender del todo, sin que esto le importara, con alguna historia de salvamento, de reparaciones, de deudas, de pleitos. La luz gris y fría de la ventana iluminaba su resolución de mantenerse inclinado sobre aquellas historias de difuntos. Formaba las sílabas moviendo los labios, escuchaba el ruidito de la saliva en las comisuras.
    Una o dos horas hasta el mediodía. Le era posible aún palmear la espalda de Kunz y seguirlo en el descenso por la escalera de hierro, disimulando, erguido y ancho, con una expresión pensativa pero en modo alguno derrotado.
    Ahora cocinaba Kunz. Sin anunciarlo, sin haberse puesto de acuerdo con la mujer, una mañana Kunz hizo el fuego y le quitó de las manos la verdura que ella estaba limpiando. Hablaban, los tres, del tiempo, de los perros, de las raras novedades, de lo que el tiempo hacía en favor y en contra de la pesca y las siembras.
    Pero por las tardes le era imposible a Larsen doblarse encima de las carpetas y modular en silencio las palabras muertas. Por las tardes la soledad y el fracaso se hacían sólidos en el aire helado y Larsen se abandonaba al estupor. Había tenido una esperanza de interés, de salvación y ya la había perdido: odiar a Gálvez, encontrar un fin en el odio, en la resolución de venganza, en el cumplimiento de la serie de actos necesarios para el desquite.
    Por las tardes, los cielos de invierno, cargados o desoladamente limpios, que entraban por la ventana rota podían mirar y envolver a un hombre viejo que había desistido de sí mismo, que prestaba indiferente su cabeza para que la habitaran y recorrieran recuerdos mezclados, rudimentos de ideas, imágenes de origen impersonal. De dos a seis el aire mordía una cara de viejo, malsana, colgante, boquiabierta, con el labio inferior estremecido por la respiración; se apoyaba grisáceo sobre el cráneo redondo, casi calvo, ensombrecía el mechón solitario aplastado en la ceja; exaltaba la nariz delgada y curva, triunfante de la decrepitud y la grasa de la cara. Isócrona, exangüe, la boca se estiraba hacia la base de la mejilla y volvía a empequeñecerse. Un viejo atónito, apenas babeante, con un pulgar enganchado con el chaleco, hamacando el cuerpo entre el asiento y el escritorio, como sacudido por un vehículo que lo arrastrara en fuga por caminos desparejos.
    Y como todo tiene que cumplirse, algunos notaron que las lanchas que bajaban se iban despojando de los pequeños soles de las naranjas cosechadas al norte y en las islas; y otros, que la luz del mediodía entibiaba ahora las aguas de los bebederos y atraía a perros y gatos y a minúsculas moscas indecisas. Y otros notaron que algunos árboles persistían en hinchar yemas que la helada quemaría cada noche. Es posible que la carta haya tenido vinculación con aquellos misterios. […] ”

    Juan Carlos Onetti
    “El astillero”
    Biblioteca Básica Salvat de Libros RTV (1970)

    ” […] A través de los matorrales siempre verdes y la alta verja de hierro observé a la gente pasar a la caída de la tarde. El espectáculo del planetario había logrado lo que yo quería, después de todo; me había tranquilizado, me había secado. Vi a una chica que me recordó a Nichola. Llevaba un impermeable y una bolsa de comestibles. Era más baja que Nichola, realmente no se parecía mucho a ella, pero pensé que podría ver a Nichola. Estaría por alguna calle quizá no lejos de allí, agobiada, preocupada, sola. Ella era ahora una de las personas adultas del mundo, uno de los compradores volviendo a casa.
    Si realmente la veía, podría quedarme sentada y mirar, pensé. Me sentía como una  de aquellas personas que habían flotado hasta el cielo, disfrutando de una breve muerte. Un alivio, mientras dura. Mi padre había escogido y Nichola había escogido. Algún día, probablemente pronto, sabría de ella, pero equivalía a lo mismo. […] ”

    Alice Munro
    “Las lunas de Júpiter” (1982)
    Traducción de Esperanza Pérez Moreno
    Debolsillo, 2010

    ”   19

    (…) Durante unos cuantos años yo mismo viví con esa ilusión. En 1982 gané una oposición a auxiliar administrativo. El trabajo que yo habría querido era el de profesor de instituto, pero se trataba de una aspiración estadísticamente inalcanzable: cada año salían a oposición no más de unas decenas de plazas para mi especialidad de Historia del Arte, y se presentaban millares de candidatos. En el ayuntamiento al menos me ganaba la vida. Sigo sabiéndome de memoria la descripción de las tareas modestas a cambio de las cuales recibía un sueldo no muy por encima del salario mínimo: ‘mecanografía, cálculo sencillo, despacho de correspondencia’. En realidad mi trabajo consistía en programar conciertos, exposiciones y funciones teatrales. Me gustaba hacerlo y tenía la esperanza, alentada por mis superiores políticos, de que al cabo de cierto tiempo me reconocerían la titulación universitaria y la experiencia profesional que había ido acumulando. Escribir era mi vocación, y le dedicaba casi cada una de las tardes que me dejaba libre el trabajo, pero no imaginaba que alguna vez pudiera dedicarme sólo a la literatura y vivir de ella. […] ”

    AMM
    “Todo lo que era sólido” (Seix Barral, 2013)

    ” […] Antonio Colinas nos abre uno de los temas más absorbentes de María Zambrano ‘los símbolos’, que como ella dice: ‘los símbolos son el lenguaje de los misterios’. Este pensamiento le sirve al autor de guía en este itinerario vital pleno de significados y de signos. Los textos tienen un carácter iniciárico, pero su voluntad es de que su palabra sea nueva, ‘palabra en el tiempo’. Le interesa siempre lo que está más allá, lo que nos trasciende, “vida de los límites” —pasividad-condena— que despierta rebeldía y admiración, comprensión. Situarse en ese punto exacto en que se espera la luz:
       ‘El límite de la contemplación es aquel punto en el que la realidad duele, pero también en el que se goza del ser y del estar consciente en el mundo. No existe dolor más grande que el de vivir en lucidez, ni mayor pesadumbre / que la vida consciente.’
    Los símbolos son el amor, el nacer, la noche, la menoria. Antígona, el bosque, Diótima, la metamorfosis…, dioses, aurora, poesía, luz, etc. En todos ellos se advierte el poder evocador de su pensamiento en la palabra y el lenguaje, su silencio y su expresividad. (…)

    ‘Porque yo tengo que pensar.’ Entonces, no tengo más remedio que aceptar que mi verdadera condición, es decir, vocación, ha sido la de ser, no la de ser algo, sino la de pensar, la de ver, la de mirar, la de tener la paciencia sin límites que aún me dura para vivir pensando, sabiendo que no puedo hacer otra cosa y que pensar tampoco lo he hecho.’
    (María Zambrano, ‘A modo de biografía’, en Anthropos. Revista de Documentación Científica de la Cultura, marzo-abril 1978) […] ”

    Dónoan
    ‘María Zambrano: el pensamiento como vocación’
    “María Zambrano | Premio Cervantes 1988″
    Anthropos — Editorial del Hombre (1989)

    ” … además entiende las letras que yo intentaba descifrar palabra por palabra … ” 

    Porque muchas veces los acordes musicales se leen con el corazón. Precisamente desde el mismo lugar donde se tiene la sana costumbre de escucharlos.
    …Feliz jornada dominical to everybody, pues :)

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  10. .
    A mí me resulta curioso que el Álbum Blanco lo perciba con el negror de la noche; todos sus temas tienen para mí una cualidad nocturna. Como la tinta negra de un borrón. De hecho, el blanco de la funda doble quiso ser un “borrón y cuenta nueva” tras los excesos cromáticos de la psicodelia.

    :-)

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  11. ” … El que vive, por muy brillante que sea todavía, es un ser humano real. El muerto pertenece a la mitología … ”

    ” Era la noche algo escura, puesto que la luna estaba en el cielo, pero no en parte que pudiese ser vista: que tal vez la señora Diana [‘la luna’] se va a pasear a los antípodas, y deja los montes negros y los valles escuros. Cumplió don Quijote con la naturaleza durmiendo el primer sueño, sin dar lugar al segundo; bien al revés de Sancho, que nunca tuvo segundo, porque le duraba el sueño desde la noche hasta la mañana, en que se mostraba su buena complexión y pocos cuidados. Los de don Quijote le desvelaron de manera que despertó a Sancho y le dijo:
       —Maravillado estoy, Sancho, de la libertad de tu condición: yo imagino que eres hecho de mármol, o de duro bronce, en quien no cabe movimiento ni sentimiento alguno. Yo velo cuando tú duermes; yo lloro cuando cantas; yo me desmayo de ayuno cuando tú estás perezoso y desalentado de puro harto. (…) Mira la serenidad desta noche, la soledad en que estamos, que nos convida a entremeter alguna vigilia entre nuestro sueño. Levántate, por tu vida, y desvíate algún trecho de aquí, y con buen ánimo y denuedo agradecido date trescientos o cuatrocientos azotes a buena cuenta de los del desencanto de Dulcinea; y esto rogando te lo suplico; que no quiero venir contigo a los brazos, como la otra vez, porque sé que los tienes pesados. Después que te hayas dado, pasaremos lo que resta de la noche cantando, yo mi ausencia y tú tu firmeza, dando desde agora principio al ejercicio pastoral que hemos de tener en nuestra aldea.
       —Señor —respondió Sancho—, no soy yo religioso para que desde la mitad de mi sueño me levante y me discipline, ni menos me parece que del estremo del dolor de los azotes se pueda pasar al de la música. Vuesa merced me deje dormir y no me apriete en lo de azotarme; que me hará hacer juramento de no tocarme jamás al pelo del sayo, no que al de mis carnes.
       —¡Oh alma endurecida! ¡Oh escudero sin piedad! ¡Oh mal pan empleado y mercedes mal consideradas las que te he hecho y pienso de hacerte! Por mí te has visto gobernador, y por mí te ves con esperanzas propincuas de ser conde, o tener otro título equivalente, y no tardará el cumplimiento de ellas más de cuanto tarde en pasar este año; que yo post tenebras spero lucem.
       —No entiendo eso —replicó Sancho—; sólo entiendo que, en tanto que duermo, ni tengo temor ni esperanza, ni trabajo ni gloria; y bien haya el que inventó el sueño, capa que cubre todos los humanos pensamientos, manjar que quita la hambre, agua que ahuyenta la sed, fuego que calienta el frío, frío que templa el ardor, y, finalmente, moneda general con que todas las cosas se compran, balanza y peso que iguala al pastor con el rey y al simple con el discreto. Sola una cosa tiene mala el sueño, según he oído decir, y es que se parece a la muerte, pues de un dormido a un muerto hay muy poca diferencia.
       —Nunca te he oído hablar, Sancho —dijo don Quijote—, tan elegantemente como ahora, por donde vengo a conocer ser verdad el refrán que tú algunas veces sueles decir: ‘No con quien naces, sino con quien paces’.
       —¡Ah, pesia tal —replicó Sancho—, señor nuestro amo! No soy yo ahora el que ensarta refranes, que también a vuestra merced se le caen de la boca de dos en dos mejor que a mí, sino que debe de haber entre los míos y los suyos esta diferencia: que los de vuestra merced vendrán a tiempo y los míos a deshora; pero, en efecto, todos son refranes.
    En esto estaban, cuando sintieron un sordo estruendo y un áspero ruido, que por todos aquellos valles se estendía. Levantóse en pie don Quijote y puso mano a la espada, y Sancho se agazapó debajo del rucio, poniéndose a los lados el lío de las armas, y la albarda de su jumento, tan temblando de miedo como alborotado don Quijote. De punto en punto iba creciendo el ruido, y llegándose cerca a los dos temerosos; a lo menos, al uno, que al otro, ya se sabe su valentía. […] ”
    (II; Capítulo LXVIII. ‘De la cerdosa [‘con cerdas’. En la época se decía ‘puerco’ y no ‘cerdo’] aventura que le aconteció a don Quijote)

    ”   CANTO ÚNICO

    24. Hurtamigas le respondió diciendo: ‘¿Cómo me preguntas por mi linaje que es de sobra conocido, no tan sólo de hombres y dioses, sino hasta de las aves que vuelan? Me llamo Hurtamigas, mi padre es el magnánimo Roepán y me dió a luz Vivasmuelas, hija del rey Roejamones. Mas, ¿cómo podrás conseguir que sea tu amigo, si mi naturaleza es completamente distinta a la tuya? Tu vida está en el agua y la mía en tierra, donde suelo roer cuanto descuidan los hombres: no se libra de mí el blando pan que guardan en el redondo cesto; ni la rica torta perdumada con sésamo; ni la suculenta tajada de jamón; ni el pastel de hígado, dentro de su blanda túnica; ni el queso fresco, de dulce leche fabricado; ni los ricos melindres por los que se pirran hasta los mismos dioses; ni cosa alguna, en fin, de cuantas preparan los divinos cocineros para los festines de los mortales, echando a las sagradas ollas condimentos de toda especie. En cuanto a mi valor, te diré que jamás huí de la horrenda gritería de las batallas, sino que, por el contrario, siempre me encaminé hacia el tumulto mezclándome pronto con los combatientes más avanzados. El hombre, pese a su gigantesco cuerpo, no me espanta; al contrario, encaramándome a la cama donde reposa, le muerdo la punta del dedo y hasta le cojo por el talón sin que lo advierta, duela o salga del dulce sueño que le domina mientras yo maniobro. En cambio, dos enemigos hay, a los que temo sobremanera en la tierra: el gavilán y la comadreja, feroces causantes de la mayor parte de mis desgracias; también es horrible el infame cepo donde la muerte aguarda traidora. Mas sobre todo temo a la fortísima comadreja, de la que ni aun escondiéndome estoy seguro, pues al mismo agujero que me cobija va a buscarme. En fin, aún te diré que ni los rábanos, ni las coles, ni las calabazas, ni las verdes acelgas y el apio, alimentos apropiados de los que habitáis la laguna, son los manjares que yo como.’
    (…)
    82. De pronto —¡horrible espectáculo para ellos!— apareció una hidra, con el cuello erguido sobre el agua. Al verla, sumergióse Hinchacarrillos, sin parar mientes en la calidad del compañero que, abandonado, iba a perecer. Largóse, pues, la rana a lo hondo del lago y con ello evitó la negra muerte. Pero no así el ratón, que, al soltarle la rana, cayó de espalda sobre el agua donde en vano apretaba las manos y daba, en su agonía, agudos chillidos. Mil veces se hundió en el agua, otras tantas se puso a flote coceando furiosamente; mas no logró escapar a su destino. Su pelo, al empaparse, aumentaba aún más su pesantez. Y pereciendo en el agua pronunció estas palabras: ‘No quedará sin castigo tu infame proceder, oh Hinchacarrillos, que me precipitaste, pobre naúfrago de mí, de tu cuerpo como una roca. En tierra, oh malvadísimo, no me hubieras vencido ni en el pancracio, ni en la lucha, ni en la carrera; pero te valiste del engaño para tirarme al agua. Mas aguarda, que tiene la divinidad un ojo vengador, y el ejército de los ratones te dará tu merecido sin que consigas escaparte.’
    (…)
    132. Así se armaron los ratones. Por su parte, las ranas, al notarlo, salieron del agua y, reuniéndose en lugar conveniente, celebraron consejo para tratar de la perniciosa guerra que se les avecinaba. Y mientras procuraban averiguar la causa de aquel levantamiento y tumulto, llegóse a ellas un heraldo con una varita en la mano —Penetraollas, hijo del magnánimo Roequeso—, y hablándoles de esta suerte les anunció la funesta declaración de guerra: ‘¡Oh ranas! Los ratones os amenazan con la guerra y me envían a deciros que os preparéis para la lucha, pues desean vengar a Hurtamigas, que flota en el agua, muerto por vuestro rey Hinchacarrillos. Disponeos, pues, los más valientes de entre las ranas a pelear.’
    (…)
    160. Diciendo así, a todos les persuadió a que se armasen. Cubrieron, pues, sus piernas con hojas de salvia; pusiéronse corazas de verdes y hermosas acelgas; fabricaron hábilmente escudos con hojas de col; tomaron a guisa de lanzas verdes juncos y cubrieron sus cabezas con yelmos, que eran otras tantas conchas de blandos caracoles. Y una vez armados, formáronse en lo alto de la ribera, blandiendo las lanzas, llenos de furor.
    168. Entonces convocó Júpiter a las deidades en el estrellado cielo y, mostrándoles el campo de batalla y a los fuertes y numerosos combatientes que empuñaban luengas picas y que a la sazón poníanse en marcha cual ejército de centauros o de gigantes, preguntó sonriendo: ‘Decidme, dioses, ¿quiénes de vosotros auxiliarán a las ranas y cuáles a los ratones?’ Y a Minerva: ‘¡Hija querida! ¿Irás, por ventura, a favor de los ratones, a pesar de ser los continuos merodeadores de tu templo, donde se deleitan con el vapor de la grasa quemada y con manjares que hurtan de toda especie?’ […] ”

    Homero
    “Batracomicomaquia”
    Ediciones Ibéricas, 1959

    ” […] —Fui a la sesión del planetario —le dije a mi padre—. Fue muy interesante… Sobre el sistema solar. —Pensé en la palabra tan tonta que había utilizado: ‘interesante’—. Es como un templo ligeramente falsificado —añadí.
    Él ya estaba hablando:
       —Recuerdo cuando descubrieron Plutón. Exactamente donde esperaban encontrarlo. Mercurio, Venus, Tierra, Marte —recitaba—. Júpiter, Saturno, Nept…, no, Urano, Neptuno y Plutón. ¿Es así?
       —Sí—dije. Me alegraba de que no hubiese oído lo que había dicho del templo falsificado. Lo había dicho para ser sincera, pero sonaba a tramposo y a superior—. Dime las lunas de Júpiter.
       —Bueno, no conozco las nuevas. Hay un montón de nuevas, ¿verdad?
       —Dos, pero no son nuevas.
       —Nuevas para nosotros —dijo mi padre—. Te has vuelto muy descarada ahora que me van a rajar.
       —‘Rajar’. Qué expresión.
    Aquella noche no estaba en la cama, su última noche. Le habían desconectado de sus aparatos y estaba sentado en una silla junto a la ventana. Tenía las piernas desnudas y llevaba una bata del hospital, pero no se le veía cohibido ni fuera de lugar. Se le veía pensativo pero de buen humor, un anfitrión afable.
       —Ni siquiera has dicho las antiguas —le dije.
       —Dame tiempo. Galileo les puso el nombre. Io.
       —Ya has empezado.
       —Las lunas de Júpiter fueron los primeros cuerpos celestes descubiertos con el telescopio —dijo con gravedad, como si pudiera ver la frase en un libro antiguo—. No fue Galileo quien les dio los nombres, tampoco; era un alemán. Io, Europa, Ganímedes, Calisto. Ahí las tienes.
       —Sí.
       —Io y Europa eran novias de Júpiter, ¿verdad? Ganímedes era un chico. ¿Un pastor? No sé quién era Calisto.
       —Creo que también era una novia —le dije—. La mujer de Júpiter —la mujer de Jove— la convirtió en un oso y la colocó en el cielo. La Osa Mayor y la Osa Menor. La Osa menor era su niña.
    El altavoz dijo que era la hora de que las visitas se marcharan.
       —Te veré cuando salgas de la anestesia —le dije.
       —Sí.
    Cuando llegué a la puerta me llamó.
       —Ganímedes no era ningún pastor. Era el copero de Júpiter.
    Cuando me marché del planetario aquella tarde, atravesé el museo hacia el jardín chino. Vi de nuevo los camellos de piedra, los guerreros, la tumba. Me senté en un banco que daba a Bloor Street. […] ”

    Alice Munro
    “Las lunas de Júpiter” (1982)
    Traducción de Esperanza Pérez Moreno
    Debolsillo, 2010

    ” … viendo una exposición de Paul Klee … ”

    ” […] Pero ahora no quiero estar flotando en el espacio. Ahora cierro los ojos y alimento con datos minuciosos la imaginación para encontrarme en el interior de la nave Apolo XI, en el segundo mismo del despegue. Controlas parcialmente el movimiento de los párpados, membranas tan delgadas deslizándose sobre la curvatura húmeda del ojo, y los músculos que mueven los globos oculares, y que por mucho que los fuerces no te dejan ver nada ni a derecha ni a izquierda. […] ”

    AMM
    “El viento de la Luna” (Seix Barral, 2006)

    ”   LA LUNA

    Pausadamente cruza la luna
    las quietas noches del pueblo.
    Quien traspasa el umbral
    y sale a lo oscuro, al misterio de la noche,
    se encuentra con la luna en un ángulo del cielo,
    o sólo con su ausencia.
    Luna llena, como una fruta que cansinamente madura,
    o luna creciente, con la pequeña alegría de cuanto comienza,
    o tardía, fugitiva, melancólica, menguante.
    Y dice el campesino: En este cuarto el tiempo cambiará;
    si ahora no llueve, no esperemos la lluvia.

    ¡Oh clara y alta luna,
    vagorosa alegría de las noches,
    con su secreta influencia,
    lejano, pálido camino
    por encima de nuestra triste tierra!
    Rigen mágicas fuerzas,
    sólo es preciso reconocerlas, respetarlas en cualquier caso,
    aprovecharlas si es posible,
    seguir las órdenes de la luna.
    Esta era la ciencia de los antiguos,
    de nuestros viejos padres.

    El sol, con su esplendor, aporta vida a la tierra;
    pero la luna gobierna los sutiles movimientos ocultos.
    Tan discreta, tan plácida, envía su fija mirada,
    su insinuante y mudo chorro,
    al fondo de todo latido vital.
    Dulce, enigmático ojo del cielo,
    vuelto siempre hacia las sombras del mundo.
    Desprendida y lejana
    queda sin embargo la honda huella de su callado paso.
    El  mundo inanimado, las plantas, la vida que se mueve,
    no se pueden substraer a su alto poder vigilante.
    Con sus largos meses que sin prisa se suceden,
    rige lluvias, siembras y fecundidades.
    De todo ello, casi no sabe nada la gente que va para arriba.
    ¿Adónde irían, pobres ciegos aturdidos,
    sin la milenaria experiencia de los antepasados?

    La claridad de la luna nos toca suavemente el hombro.
    ¡Remota pareces, faz impenetrable,
    mas no ajena a nosotros!
    En alguna incierta manera somos tus fieles,
    y sabes otorgar tus dones a la raza campesina.
    Las causas son inciertas, los efectos imprevistos,
    de ti nos llega raro resplandor.
    Entre tantos poderes ocultos y malignos,
    creemos que tu aura frecuentemente es don.

    Extraña, seria, pálida,
    amiga misteriosa de animales nocturnos
    y de la vida más oculta que sigue palpitando en la noche,
    te sorprendemos, rodeada por nubes o estrellas,
    en un cambiante ángulo del cielo,
    cuando dejamos el umbral.
    Y no hacemos un signo de reconocimiento,
    que acaso nace de antigua amistad,
    ¡oh luna que avanzas por nuestra noche indefensa!  ”

    M.Villangómez Llobet
    “Caminos y días”
    ‘El cop a la terra’ (1956)
    Visor Madrid, 1990

    Y es que, en el fondo, no hay artrópodo que se libre de la suerte de tener un cierto aire lunático.
    …Sobre todos, los Escarabajos de Leyenda :)

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  12. Precisamente ayer, Viernes santo, bien temprano mi hijo -7 años- y yo nos sentamos en el comedor de casa a escuchar canciones de los Beatles. Fueron dos horas maravillosas. Entre tanta fama artificial, efímera o directamente fraudulenta o inmerecidad en el mundo de la música, la fama y el reconocimiento de los Beatles brilla con una solidez que no conoce desgaste.

    Yo me quedo con McCartney como compositor. Sin embargo, mi canción preferida es de Lennon, Across the universe. No se cansa uno de escucharla.

    Por cierto, no os perdáis esta master class de Paul McCartney. http://youtu.be/9elQeVfrLOo

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  13. Quizás el desapego de McCartney se deba a que varias de las 30 canciones del Àlbum Blanco, pese a figurar como obras del tándem con Lennon, fueron creadas e interpretadas exclusivamente por Paul. Como este alegre homenaje al music-hall y a las canciones de los 20/30. “Honey Pie”:

    http://letras.com/the-beatles/215/

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  14. Me apena que el tiempo se haya tragado a los Beatles y los haya convertido en un clásico. Hace unos meses me pasé toda una tarde viendo vídeos de sus giras, de sus actuaciones, y en algún momento sentí una pena muy grande. Esos chicos tan modernos entonces, tan revolucionarios, se están acercando cada vez más y para atrás a Mozart, a Bach.

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  15. ” … como poemas que fueron pensados para que se leyeran en secuencia … ”

    ”   1

    Lo mejor del invierno era volver a casa en el coche, después de todo el día dando clases de música en los colegios de Rough River. Ya había oscurecido, y en la parte alta del pueblo quizá estaba nevando mientras la lluvia azotaba el coche por la carretera de la costa. Joyce dejó atrás los límites del pueblo y se internó en el bosque, y aunque era un bosque de verdad, con grandes abetos de Douglas y cedros, cada cincuenta metros más o menos había una casa habitada. Algunas personas tenían huertos; otras, ovejas o caballos, y había empresas como la de Jon, que restauraba y hacía muebles. También ofrecían servicios que se anunciaban junto a la carretera y en especial en esa parte del mundo: cartas del tarot, masajes con hierbas, resolución de conflictos. Algunos vivían en carvavanas; otros se habían construido casas, con tejado de paja y extremos de troncos, y otros, como Jon y Joyce, estaban restaurando viejas casas de labranza. […] ”

    Alice Munro
    “Demasiada felicidad” (2009)
    ‘Ficción’
    Traducción de Flora Casas
    Debolsillo, 2013

    ”   II. Jinete en la tormenta

    (…) Está sonando una canción y no sé desde dónde me llega ni cuál es su título, una voz quejumbrosa y familiar aunque no sepa de quién es ni cuánto tiempo hace que no la oía, la he encontrado moviendo al azar el dial de la radio mientras conduzco de noche y en seguida reconozco el ritmo del bajo y repito la letra, ha empezado a oírse en la máquina de un bar, en una calle de Mágina […] ”

    AMM
    “El jinete polaco” (1991)
    Planeta, 2001

    Conmemorar el segundo día del mes de noviembre de esta guisa magistral, en Ida y Vuelta, a los eternos príncipes encantados del pop parece que quisiera teñir la estancia con un disfraz de regalo. Pero no. El que vive más, Antonio, es sencillamente la radiografía translúcida de muchas vidas. El Álbum Blanco alberga millones de juventudes ansiosas por escuchar, sentir, disfrutar y ser escuchadas.
    El ego de mi idolatrado McCartney no creo que sea mucho mayor del que poblaba el agudo ingenio de mi querido Lennon, o la humanidad poéticamente alucinada de mi admirado Harrison e, incluso, la sutil y genial invisibilidad con baquetas de mi divertido Starr.
    Resumiendo…Beatles forever :)

    ”   Nota del Escriba

    Según el clásico Pseudónimo, que tantos doctos consideran autor menor a pesar de su insuperable narración biográfica sobre Alejandro de Macedonia, proviene de Egipto el precepto según el cual corresponde a los escribas alterar o matizar a su antojo literario, o según lo crean oportuno, los aspectos que no sirvan al relato glorioso de las hazañas de sus patrones.
    El rápido muchacho, acusado de loco y criminal, repetía que se llamaba Arthur Rimbaud, aun cuando en otras estaciones de su desvariar palabrista se proclamaba Arthur Limbo. Fuera cual fuese su nombre auténtico, queda al margen de toda duda que nunca pudo conocer a Donatien-Alphonse-François, señor De Sade, y para la posteridad Divino Marqués, sobre todo porque el discutido y prolífico autor de Justine o los infortunios de la virtud, Los crímenes del amor, La filosofía del tocador y de otros muchos libros, ilustres por su escritura y egregios por su carácter polémico, había fallecido en el Hospital de Charenton a finales de 1814, un viernes 2 de diciembre para ser exactos, a causa de insuficiencias respiratorias. (…)
    Estimo no exagerar que tuve mayor suerte que él cuando entregué a los pretorianos a un joven lloroso que sólo repetía: ‘Charenton, Charenton…’ y hacía restallar desganadamente las cadenas que le maniataban, al advertir lo ocurrido en el despacho. Sólo hube de tomarle por los hombros y entregarlo a los guardias, que primero le depositaron en la celda de la casa y al cabo de unos días le escoltaron hasta el manicomio que tanto añorase en su prisión.
    Recogidas estas puntualizaciones, sólo deseo subrayar que el único móvil que me ha llevado a reconstruir estos hechos consiste en corresponder a la distinción de la fortuna que salvó mi vida. Laus Deo. ”

    Francisco J. Satué
    “En el nombre de Sade”
    —Textos Tímidos, 6—
    Ollero & Ramos, 1998

    ” … y pierden una gran parte de su fuerza cuando se los despieza en una antología … ”

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  16. ”Al salir del museo me faltó tiempo para llamar por teléfono a España y contárselo a mi hijo.” ¿Qué más se puede decir?

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