En un día como hoy

Posted By on Dic 23, 2010 | 80 comments


A mediados de octubre me invitaron a dar la charla inaugural en un máster sobre propiedad intelectual que organizaba la universidad Autónoma de Madrid. Empecé a tomar notas sueltas, y en lugar de organizarlas en forma de conferencia me pareció más entretenido numerarlas, manteniendo así la mezcla de inmediatez y de azar con que habían ido surgiendo. Visto el espectáculo que dio ayer una parte considerable de la clase política en el Parlamento, me acordé de esas notas, que no se han llegado a publicar. Me ha parecido que estaría bien compartirlas con los amigos de este diario.

ALGUNAS REFLEXIONES SOBRE EL TRABAJO CREATIVO

Para Gotardo González, que inventó esta página y cuida a diario de ella, por amor a la literatura y a un trabajo con el que intenta ganarse honradamente la vida.

1.- La única propiedad que se considera ilegítima o sospechosa ahora mismo en España es la propiedad intelectual. El dictamen de Proudhom, olvidado durante tantos años, ha resurgido entre nosotros con una pequeña variante: La propiedad intelectual es un robo.

2.- Una de las reclamaciones fundamentales del movimiento progresista, al menos desde los tiempos del socialismo utópico, el derecho de cada uno a recibir una remuneración justa por su trabajo, queda cancelada en un país tan reivindicativo como el nuestro en un solo caso: cuando se trata del trabajo creativo.

3. Curiosamente, la propiedad intelectual, que tantas hostilidades despierta, es la única sometida a limitaciones estrictas, quedando sin efecto al cabo de un cierto número de años, a diferencia de cualquier otra propiedad.

4.- Hasta no hace muchos años, la izquierda reclamaba la abolición del derecho a la herencia: todas las formas de herencia son ahora sagradas entre nosotros, salvo la de los frutos del trabajo literario o musical, que son tan reducidos en la inmensa mayor parte de los casos, o del todo inexistentes. Habría grandes sorpresas si se hiciera un censo de las personas que obtienen un ingreso significativo gracias a los derechos de autor heredados de un escritor o un músico.

5.-Después las ocupaciones de fincas rurales en Extremadura en los meses siguientes al triunfo del Frente Popular y las que se repitieron, más bien desganadamente, en los años ochenta y noventa, la invasión de la propiedad ajena quedó en desuso como arma reivindicativa. Enormes latifundios son ahora explotados o dejados en barbecho por sus dueños sin que nadie se acuerde de ellos y sin que sea necesaria la antigua amenaza de la guardia civil: pero el espacio, casi siempre poco rentable y minifundista de la creación intelectual, es invadido a diario sin problema, y hasta con cierta insolencia reivindicativa.

6.- Una lectora me escribe hace poco para preguntarme con una franqueza que preferí atribuir a la candidez: ¿Qué le parece que haya páginas web en las que se pueden piratear sus novelas? A nadie le preguntan, después de sufrir un robo o una estafa: ¿Qué le ha parecido que le saquearan su cuenta corriente? ¿Está usted de acuerdo con que ese carterista se le haya acercado sutilmente en el metro quitándole el dinero y las tarjetas de crédito?

7.- ¡Pero qué tendrá que ver la creación con el dinero!, protesta el purista. ¿No dicen ustedes que escriben o componen o tocan música o pintan para expresar lo que sienten, para llegar al alma de quien los lee o los escucha? ¿No escribe usted, como García Márquez, para que lo quieran más su amigos?

8.-“Nadie se dedica a la poesía”, decía José Lezama Lima; “La poesía no da para comer, da sólo para merendar”, según Vicente Aleixandre. “Escribir en Madrid es llorar”, nos informó Larra hace más de siglo y medio. ¿En qué clase de mercaderes nos hemos convertido los escritores de ahora que aspiramos a recibir una remuneración por nuestro trabajo, incluso a ganarnos la vida con él? ¿No trabajó Kafka toda su vida en una oficina de seguros? ¿No fue ejecutivo de una compañía de seguros uno de los más grandes poetas americanos, Wallace Stevens? Y otro de los grandes, William Carlos Williams, ¿no ejerció dignamente como pediatra en New Jersey?

9.- Escribí a rachas, a lo largo de varios años, mi primera novela. No sabría calcular el número de horas, de días enteros, de meses, que dediqué a ese trabajo si los pusiera todos juntos. Escribía en las horas que debería haber dedicado al estudio en los últimos cursos de la facultad. Escribí día tras día todas las tardes el verano anterior a mi ingreso en el ejército. Escribí disciplinadamente durante mi mes de vacaciones en 1983 y también en 1984, cuando ya trabajaba en una oficina municipal. Terminé la novela escribiendo por las tardes hasta finales de mayo de 1985, y sólo al final tuve alguna esperanza de encontrar un editor. Ese editor me llamó el 31 de julio de ese año y me dijo que iba a publicar la novela. Me sudaba la mano que sostenía el teléfono y me temblaban las piernas, si bien los pies flotaban a unos centímetros del suelo. “Comprenderás que no te podemos pagar mucho”, me dijo el editor al final del todo, como disculpándose. “Sólo 150.000 pesetas”. “Ah, ¿pero encima van a pagarme?”, dije yo.

7.- Se paga poco o nada a un novelista novel, y casi nada o nada y casi nunca a un poeta. El novelista o el poeta quieren ser leídos. Quieren que les quieran más sus amigos. Quieren cumplir un sueño adolescente que no se paga con dinero. ¿Pero cobran menos, o no cobran nada, el editor que ha seleccionado el libro, el impresor que lo imprime, el empleado que carga las cajas en el almacén, el transportista que las reparte por las librerías, el distribuidor que coordina todo el proceso? ¿Deja alguien de considerar que el fabricante del papel tiene que ser remunerado, ya que el autor del libro carece de ambición comercial?

8.-¡Pero usted es una reliquia del pasado, un superviviente de la Galaxia Gutenberg! O más bien, tú te has quedado antiguo, hablando de papel, de imprentas, de tinta. Perteneces a esa tribu deplorable a la que se llama en inglés “Dead Tree People”, el Pueblo del Árbol Muerto, de la pulpa obsoleta en la que ya no tienen por qué copiarse para su multiplicación las palabras de los libros. Con una conexión ADSL y un portátil cualquiera es su propio editor instantáneo, y cualquiera puede acceder de manera rápida y gratuita a cualquier “contenido”. ¿Es gratis también el portátil? ¿Se niega alguien a pagar la factura mensual de la conexión telefónica? ¿Hay piquetes delante de las tiendas Apple exigiendo la gratuidad de los MacBooks, los iPhones, los iPods, los iPads? Y si provoca tanta indignación que un novelista o un músico recauden el casi siempre modesto porcentaje de sus derechos de autor, ¿cómo es que no hay una rebelión mundial contra las ganancias probablemente estratosféricas de Steve Jobs?

9.– En inglés, una misma palabra, uno de esos cómodos monosílabos anglosajones, free, significa dos cosas muy distintas: libre y gratuito. En cambio freedom significa libertad pero no gratuidad, lo cual ya pone un límite al malentendido.¿ Free press quiere decir por igual prensa libre y prensa gratuita? Freedom of Speech significa libertad de expresión, pero no gratuidad. En las manifestaciones tumultuosas del postfranquismo ninguno de nosotros salió a la calle con una pancarta reclamando “Gratuidad de Expresión”. Sin duda hay cosas libres que pueden ser gratis, aunque no creo que sean muchas. La libertad de prensa y de expresión no están entre ellas. Tampoco la libertad de creación. Para hablar o escribir con libertad no se puede estar en nómina de los poderosos. No hay investigación periodística seria que no cueste mucho dinero, que no requiera mucho tiempo, mucho trabajo de personas muy cualificadas en campos muy diversos. La libertad no es gratis. La gratuidad significa que son otros los que pagan. En España, en las primeras décadas del siglo XX, muchos periodistas cobraban de los gobiernos bajo cuerda, de lo que se llamaba reveladoramente fondos de reptiles. El mismo con el que se pagaba a los confidentes de la policía. Quien cobra del poder, o de grandes intereses económicos, puede permitirse la extrema baratura, incluso la gratuidad. El único lujo que no puede permitirse es la libertad de expresión.

10.- Pero son tiempos confusos. Mi esposa viaja a una ciudad del sur promocionando su última novela, y la invita a cenar la directora de un periódico. Hablan y hablan de lo que hablamos todos en el gremio, de las incertidumbres del porvenir, de la dificultad de encontrar un modelo de negocio que haga viables los periódicos en internet, de la llegada del libro electrónico y su efecto sobre el ecosistema editorial. La directora, quizás porque lo considera distinguido, se declara incondicional del libro impreso, de la felicidad de tocar y oler el papel, etc. Manifiesta la angustia por todos los puestos de trabajo que se están perdiendo en los periódicos. A continuación le cuenta a mi esposa con perfecta desenvoltura que se ha bajado gratis de internet todas las entregas de Harry Potter.

11. Haydn no se quitó nunca la librea de criado del príncipe Sterhazy. Bach se extenuó durante muchos años de su vida obedeciendo las órdenes y los caprichos y sufriendo los desplantes del cabildo de la iglesia de Santo Tomás de Leipzig. Componiendo sin descanso apenas ganaba para cubrir el sustento de su numerosa familia, y con frecuencia lo atormentaban las mezquindades económicas de sus patronos. Todavía muy joven, Mozart se negó a seguir siendo un criado en la corte del cardenal arzobispo de Salzburgo. El precio de la libertad era la incertidumbre económica: ahora dependía de los encargos privados, de sus ingresos como virtuoso, del favor del público. En la siguiente generación, Beethoven se ganó la vida como un profesional independiente. Ser libre no era gratis, ni para él ni para quienes elegían disfrutar de su música. Sus sinfonías requerían espacios y públicos mucho más amplios que los que cabían en los salones de los palacios de la aristocracia: para escuchar la novena había que pagar una entrada. Para que una sinfonía de Beethoven llegara entonces y llegue ahora a existir no sólo hace falta el talento o el genio o la inspiración de Beethoven. Hace falta el trabajo de muchos músicos adiestrados durante mucho tiempo. Hace falta la solvencia artesanal de los fabricantes de instrumentos. En unas décimas de segundo te bajas al mp3 la novena sinfonía y parece que ha surgido sin esfuerzo de nadie en ese mismo instante.

12.-¿Pero es seguro que componer o tocar sea un trabajo? ¿No depende el músico, igual que el poeta, de la inspiración? ¿No nace tocado por el genio? Beethoven, con su ceño sombrío, con su sordera que lo aislaba del mundo; Mozart, con aquella risa loca y aquellos modales atolondrados que a todos nos hacen tanta gracia en la película Amadeus, el genio juvenil de la peluca torcida, dotado de facultades sobrehumanas, capaz de componer tan fluidamente como respiraba. Haydn, cada mañana, antes de empezar el trabajo diario, se arrodillaba en su estudio y le pedía a Dios que le mandara la inspiración. Wagner literalmente soñó el acorde básico del Anillo del Nibelungo. Paul McCartney soñó de principio a final Yesterday. Coleridge soñó entero su largo poema Kubla Khan.

13.- Otro malentendido: si en la creación artística interviene de una manera tan decisiva el sueño, la inconsciencia, el arrebato de inspiración, ¿qué tiene eso que ver con el trabajo? Pero la inspiración, el golpe afortunado de azar, también intervienen en otros campos del conocimiento y la experiencia, y eso no rebaja ante nadie el valor de sus logros. Un deportista o un científico también resuelven de golpe y como en un relámpago de claridad dificultades que en estado normal les parecieron insolubles. En medio de la tensión agotadora de un juicio un abogado ve surgir en su imaginación el argumento definitivo para ganar un caso. Y siempre, sin excepción, en cualquier ámbito de trabajo muy especializado, la súbita iluminación sólo se presenta al cabo de mucho tiempo, de mucho esfuerzo y mucha paciencia, de un largo y meticuloso aprendizaje en el que no hay atajos. El talento musical de Mozart tenía sin duda un componente innato pero sólo se desarrolló en su plenitud gracias a las enseñanzas y a la disciplina de un profesor excepcional, que era su padre. El golpe de azar que permitió a Fleming el descubrimiento de la disciplina no habría existido sin la perseverancia de muchos años de laboratorio. Nadie discute al científico, al abogado, al ingeniero, al deportista, el derecho a recibir una recompensa por sus esfuerzos, recompensa que en parte asegure su subsistencia personal y en parte sostenga el costo de una tarea de aprendizaje y experimentación que casi nunca es solitaria y nunca se ejerce en el vacío. Sólo al escritor y al músico se le discute o incluso se le niega ese derecho.

14.-En Londres, en una exposición de Whistler, una señora se acercó al pintor y le preguntó, “Señor Whistler, ¿cuánto ha tardado usted en pintar este cuadro?” Y Whistler respondió: “Toda mi vida”. La obra de arte, el libro, la partitura, el cuadro, producen incomodidad porque sus límites son mucho más imprecisos que los de la mercancía, y porque son, simultáneamente, muchas cosas que parecen incompatibles entre sí. En pintar aquel cuadro por el que le preguntaba la señora Whistler tardó un tiempo que podría medirse con cierta aproximación pero que a la vez era ilimitado, porque ciertamente incluía toda su experiencia, y no sólo como pintor, sino también como viajero, y como observador de las cosas, y también los estados de ánimo sucesivos que habían ido afilando su sensibilidad, y también todas las horas tediosas de aprendizaje copiando escayolas al carboncillo. El cuadro era el fruto del trabajo y también de una actividad muy parecida al juego, porque se justifica por sí misma y tiene en sí misma su propia recompensa. Era un regalo, una cosa intangible, y también un producto comercial, con un precio en el catálogo. Pero también su precio como objeto y su valor como creación estética están sujetos a variaciones innumerables. Una obra de Rembrandt podía costar en el mercado de Amsterdam menos que unos bulbos de tulipán.

15.-Todo necio/confunde valor y precio”. Los dos versos de Antonio Machado nos llevan a otra incertidumbre. Es de necios atribuir un valor más alto a algo en virtud del precio que venga en la etiqueta, pero también lo es juzgar que no vale nada lo que no cuesta nada. Esta confusión se da mucho cuando una economía de mercado coincide con un estado de bienestar, especialmente en sociedades clientelares con una baja calidad de ciudadanía. En España, para ser exactos. Por una parte están los productos comerciales que se envidian y se celebran no por un valor intrínseco sino por el precio exigido por ellos, que resalta su cualidad de fetiches: una marca de ropa, un coche, una entrada para un acontecimiento deportivo, una bebida, cualquier cosa. Incluso cuanto mayor sea la distancia entre el costo objetivo y el precio de venta más poderoso será el reclamo del valor. Por otra parte están todos aquellos bienes que no se aprecian ni se respetan y de los que ni siquiera se tiene conciencia porque no cuesta nada o casi nada acceder a ellos. Los primeros, los más caros, suelen ser superfluos; los segundos son imprescindibles. Pero eso no hace que estos últimos se valoren más, y menos aún que se agradezcan: me refiero, por ejemplo, al agua potable, a la educación pública, a la sanidad pública, a los espacios públicos, a la seguridad de ir por la calle.

16.- Lo que no cuesta de manera inmediata y visible, no se valora. El necio no ve valor donde no ha visto precio. Lo que no se valora no se administra y no se cuida y por lo tanto puede perderse. En una sociedad de muy escasa protección social, como la norteamericana, el precio de las cosas está siempre visible, y los servicios más necesarios han de ser pagados de una manera tan inapelable que difícilmente se olvidará nadie de su valor: cuánto cuesta mandar a un hijo a la universidad, cuánto ponerse enfermo. En sociedades de alta protección social, pero también de alta conciencia cívica, como las escandinavas, el ciudadano adulto sabe cuánto cuesta las cosas y qué difícil es mantenerlas, así que no olvida que el precio del bienestar es la excelencia, y que cada derecho implica una estricta responsabilidad, igual que cada deuda requiere su pago.

17.- El tercer modelo es el español, y en mayor o menor medida el de otros países del sur de Europa. Los bienes comerciales son sacrosantos y más valiosos cuanto más caros sean. Los bienes sociales son gratis y por lo tanto carecen de valor, porque nadie informa y nadie hace preguntas sobre su precio. La demagogia de los  gratuito y la maraña clientelar son el suelo fértil y parcialmente podrido en el que arraiga una hipertrofiada clase política. A la clase política le interesa fomentar más la dependencia que la soberanía, el narcisismo que la responsabilidad, el victimismo que el reconocimiento de los propios errores. Tienes derecho a todo porque sí, por tu bella cara, porque eres joven, porque naciste aquí y no en la comarca de al lado, porque el político que sonríe en el cartel electoral es tan generoso como un padre, no es un político sino un colega, es alguien como tú. Tienes derecho a que te atiendan de inmediato en urgencias si te duele la barriga y tienes derecho a denunciar al médico si te parece que no te ha prestado la atención que tú mereces. Tienes derecho a una plaza universitaria cerca de casa y tienes derecho a no ir a clase. Tienes derecho a una línea de autobuses de primera calidad y, en determinadas comunidades autónomas españolas, tienes también todo el derecho a quemar alguno de ellos. En este panorama, el bajo precio o la gratuidad de los bienes culturales más llamativos ha sido un recurso cultivado con ahínco desde los primeros años de la democracia, concretamente desde que se celebraron las primeras elecciones municipales y se establecieron las autonomías.

18.- Lo indiscriminado se confundía con lo igualitario; lo gratuito con lo democrático. De un año para otro, las mayores estrellas de la música pop o rock actuaban en los pueblos más pequeños en conciertos gratuitos. Los promotores privados de espectáculos fueron barridos por la generosidad sin competencia posible del dinero público. Durante muchos años, las fiestas populares y las programaciones teatrales las habían organizado empresarios que se las arreglaban para obtener siempre un cierto beneficio: de pronto el único empresario fueron las administraciones públicas, que no tenían problema en pagar mucho y no recaudar nada y en acumular deficits monstruosos. Pero no sólo desaparecieron los promotores privados: también las compañías modestas de teatro, los artistas de mediana o pequeña cuantía que se ganaban la vida en aquellos pueblos y ciudades pequeñas que no podían permitirse contratar a las primeras figuras.

19.-Nadie sabrá nunca cuánto dinero público se ha gastado en España en los últimos treinta años en conciertos gratuitos de rock, en festivales de teatro sin público, en carnavales oficiales y lánguidos, en tradiciones inmemoriales recién inventadas, en ferias y fiestas y en carreras de mozos beodos delante de vaquillas. El economista Guillermo de la Dehesa ha calculado el importe del despilfarro que significan las plazas de universitarios que abandonan la carrera después de uno o dos años, pero son cifras que se esconden, como las deudas de los hijos tarambanas en las familias antiguas. Ahora empiezan a llegar facturas inapelables, pero la deuda es tan colosal que la seguirán pagando las generaciones futuras, a las cuales no les estará permitido el espejismo en el que todavía siguen viviendo una parte notable de nuestros compatriotas: que los bienes sociales, entre ellos la educación y la cultura, es decir, el fruto de la creatividad humana, son gratuitos.

20.- A diferencia de la sanidad, de la educación, del agua corriente, los bienes culturales no son inmediatamente necesarios, lo cual no quiere decir que no puedan producir y produzcan en ocasiones una cuantiosa rentabilidad. Basta pensar en la industria del libro, en la que España es puntera en el mundo, o en el beneficio que nos deja a todos la enseñanza del español o el Museo del Prado, por poner dos ejemplos que me son muy queridos. No se puede vivir sin agua potable en condiciones, según saben amargamente los cientos de millones de personas que no disponen de ella en el mundo, pero sí se puede vivir sin libros, canciones, películas o cuadros. Incluso se puede vivir sin una prensa libre. Ahora bien: si esos  nos importan, y parece que sí, y a muchos de nosotros, tendremos que ayudar a su existencia. Si les concedemos valor nos será necesario atribuirles un precio, y decidir cómo lo pagamos. Puede que el artista, el escritor, sea tan generoso y tenga tan poca simpatía por los mecanismos del mercado que prefiera entregar su obra libremente, gratuitamente, a quien desee disfrutarla. Aun así habrá que pagar la tecnología y el trabajo de las personas que hacen posible la transmisión de la obra, y hasta su misma existencia.

21.- Personalmente, no pido mucho. No quiero recibir un sueldo del Estado por escribir, igual que Mozart no quería estar a merced del salario de un arzobispo caprichoso. Escribir novelas es mucho más barato que producir y dirigir películas o montar óperas, así que mis gastos profesionales son reducidos, y no necesito préstamos ni subvenciones para completar mi trabajo. Mi mayor inversión es en tiempo, pero como lo que hago nadie me lo ha pedido tampoco nadie tiene obligación de sostenerme mientras me dedico a ello, igual que yo no tengo la de entregar un resultado aceptable en un cierto plazo. No hay una manera segura de calcular el tiempo que cuesta escribir una novela. Uno a veces llevaba años escribiéndola sin darse cuenta cuando de pronto tiene claro que está empezando la primera página. Uno no sabe si la terminará, y no tiene la menor idea de cómo será recibida por los lectores y los críticos. Lo mismo puede ser un éxito que un gran fracaso. Lo más normal es que el resultado quede muy por debajo de las expectativas que uno puso al principio.

22.- A cambio de todo esto, lo único que pide el novelista es que, si alguien se siente tentado de leer su libro, pague un precio por él, igual que lo paga por un café con leche o por una entrada de fútbol o por un viaje en tren o una comida en una cafetería, ni siquiera en un restaurante. Veintitantos euros, como máximo. En el caso de una edición electrónica el precio será sustancialmente menor, porque son menos los intermediarios y los costes. De ese precio, la parte más pequeña es precisamente la que se queda el escritor. Casi nunca más del diez por ciento, del cual que hay que deducir los impuestos y la comisión del agente. Menos que la editorial, menos que el librero, bastante menos que el distribuidor. Un libro lleva sólo el nombre de su autor en la portada, pero es como esos árboles que contribuyen a la subsistencia de una rica variedad de especies de plantas, insectos y pájaros.

23.-Sin necesidad de piratería, el libro puede ser leído gratis en la biblioteca pública. Cuantas más hayan y mejores sean y puedan adquirir más libros los precios podrán bajar gracias a una demanda más segura y a mayores tiradas. Cuanto mejores sean las escuelas y más se difunda en ellas el hábito de la lectura más fácil será que los libros bajen de precio. Cuanta más afición haya por la música más conciertos podrán programarse y más músicos podrán tener un trabajo digno.

24.- Escribir novelas, componer música, tocar un instrumento, son tareas vocacionales cuya finalidad última no es la ganancia, pero que requieren tanto tiempo y tanta entrega que difícilmente son compatibles con la dedicación a otros oficios. La vocación se convierte en trabajo, y el trabajo, todo trabajo, merece una remuneración  por parte de quien se beneficia de él. No se nos pide que paguemos las aficiones de otros. Pagamos con gusto el café sabroso que nos sirve un camarero, el trabajo del conductor del autobús que nos lleva a casa, el del ingeniero que ha diseñado nuestra lámpara de lectura, el del obrero que la ha ensamblado, el del comerciante que nos la ha vendido. Pero, mientras tomábamos café, íbamos el autobús, elegíamos el sillón junto a la lámpara de lectura, no consideramos justo pagar una cantidad mínima al autor del libro que hemos venido leyendo, y que nos tenía tan absortos que casi nos hemos dado cuenta del sabor del café ni del trayecto en autobús, y menos todavía al autor y a los músicos y al ingeniero de sonido gracias a los cuales fluían en los auriculares del mp3 nuestras canciones favoritas.

25.- Más allá de su condición de objeto material y de su precio como mercancía, percibimos siempre la obra de arte como un regalo, como un  don que hace mejor la vida. Quien recibe un don, ¿no siente un impulso de reciprocidad, de puro agradecimiento? ¿No se deja de merecer el regalo cuando no se corresponde? Si te ha gustado tanto esa película, ¿no crees que su director, sus actores, los técnicos, los encargados del transporte, el guionista, tienen derecho a que se les recompense?

26.- Pero bien mirado, y llegados a este punto, las 25 reflexiones o divagaciones anteriores son superfluas. Se roba el fruto del trabajo creativo por la simple razón de que robar es tecnológicamente sencillo y no tiene peligro ni está mal visto socialmente, dado que en España hay muy poco respeto a las tareas de la inteligencia y que los poderes públicos prefieren no arriesgarse a perder votos o popularidad haciendo respetar los derechos legítimos de una pequeña minoría. El día en que sea factible bajarse gratis por internet lavadoras, televisores de pantalla plana, muebles de cocina y menaje del hogar, quien hablará en esta tribuna será un gerente del Corte Inglés, que les hará perder a ustedes media hora de su tiempo explicándoles la dignidad del comercio y la conveniencia de pagar los artículos antes de llevárselos.