Miro las fotos de ese Ecce homo que llevaba siglos a la vez oculto y visible en Madrid y no puedo evitar una punzada de reconocimiento. Me imagino la intriga, la exaltación contenida de esos galeristas de Londres especializados en antiguos maestros que vieron la foto en el catálogo de la subasta, y que inmediatamente volaron a Madrid a ver el cuadro con sus propios ojos: un lienzo maltratado y sin mucho lustre, con ese tizne de mugre y como de sombra de iglesia de tantos cuadros religiosos a los que nadie presta mucha atención. Las atribuciones de autoría son siempre muy complicadas, y Caravaggio parece que lleva varios siglos perdiéndose en la oscuridad o emergiendo de ella, o sufriendo una gran parte de las desgracias posibles que afectan a objetos tan frágiles como las pinturas sobre lienzo: terremotos que derrumban una capilla siciliana en la que estuvo una de sus últimas obras maestras, bombardeos aliados en Berlín, hasta robos organizados por capos de la mafia.
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