Frío amargo

Posted By on Ene 25, 2011 | 76 comments


Cuando las predicciones meteorológicas del New York Times, que suelen estar escritas en una prosa limpia y concisa, anuncian que el ambiente va a estar «bitterly cold» hay que prepararse. Anoche el pavimento se había puesto blanco de escarcha y aunque no soplaba nada de viento hacía casi veinte bajo cero. Esta mañana, en la universidad, José Reyes, un madrileño que es administrador del departamento de español y batería de jazz en los ratos libres, me traduce a centígrados los Farenheit que yo nunca acabo de entender: con un sol risueño que relumbraba en la nieve y un azul limpio en el cielo había doce grados bajo cero. El aire tenía una claridad telescópica: por muy hacia lo lejos que se mirara al cruzar las avenidas las cosas no perdían precisión en la distancia. Envueltos en gorros y abrigos y bufandas y guantes nos encontramos con alguien por la calle y no lo reconocemos. Yo me pongo una gorra de piel forrada con lana de oveja que se abrocha bajo la barbilla. Criaturas semejantes envueltas en ropones como de pieles cuaternarias se van despojando de ellos y se convierten en alumnos sonrientes del año pasado que también éste vienen a mi clase.

Hoy lunes, es el primer día, el taller de relato corto. Alrededor de la mesa se juntan las músicas variadas del español: Colombia, Argentina, España, México, Puerto Rico, Santo Domingo, el Bronx, Chile. Para abrir boca leemos en voz alta y deteniéndonos casi en cada frase, en cada detalle, Casa tomada, de Cortázar. Asombra siempre su originalidad, su misterio, sus notas sutiles de ironía social. Saltan las conexiones como chispazos eléctricos que iluminan la historia: Kafka, Poe, Lovecraft, el golpe de una metáfora surrealista en medio de una escritura que finge ser literal: una voz como de estatua y de papagayo, que viene de los sueños y no de la garganta. En un aula de la universidad somos ese grupo inmemorial de gente que se reúne a contar cuentos, en las Mil y una noches, en el Decamerón, en el camino hacia Canterbury. Luego salimos ya de noche forrados de nuevo contra el invierno, y andar a solas camino del metro en el silencio de la noche helada también tiene algo de comienzo de una historia.