Antonio Muñoz Molina

Visto y no visto


Un día no es un día de una vida, sino una vida

Juán Ramón Jiménez

No haber sabido mirar

No haber sabido mirar

La mirada magnética de Charles Baudelaire nos hipnotiza desde cada una de las fotos que le hizo su amigo Nadar. Es una mirada que traspasa pero que también huye, que se pierde en la lejanía o en el ensimismamiento. Es desde luego la mirada de un hombre enfermo, muy dañado por los efectos de la sífilis que contrajo en la primera juventud; y la de un hombre desalentado que va envejeciendo prematuramente sin encontrar una posición sólida en el mundo, sin domicilio fijo, con ingresos siempre desor­ganizados y mezquinos, condenado a una permanente minoría de edad financiera, porque dependía de su madre y de un administrador al que tenía que rogar para sacarle algún dinero. Baudelaire detestaba la fotografía, una de tantas novedades de la sociedad dominada por el comercio y la tecnología que le espantaba, pero en todos los retratos que quedan de él muestra una intuición muy poderosa de ese arte que para él no lo era, un sentido de la actitud y de la presencia muy...

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La risa de Eça de Queiroz

La risa de Eça de Queiroz

Hay paraísos practicables, paraísos inesperados y accesibles, paraísos terrenales al alcance casi de cualquiera, espacios y habitaciones de tiempo que se abren de golpe y que no necesitan durar mucho para colmar las horas o los días que ocupan. Cuando era joven, me intrigaba mucho eso que dice Borges no recuerdo dónde, que no hay día en que no pasemos al menos unos momentos en el paraíso. De joven, uno tiene una predilección literaria y a veces insensatamente literal por los infiernos. Ahora, cada vez que me encuentro en ese estado de serenidad, de júbilo contenido y muchas veces secreto, me acuerdo de aquellas palabras sabias de la vejez de Borges, y me doy cuenta de que las aficiones contemplativas favorecen mucho esas epifanías. (Procuro eludir la palabra “experiencia” porque los publicitarios la han vuelto al mismo tiempo omnipresente y a estas alturas ya casi deleznable). […] Seguir leyendo en EL PAIS...

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El interrogador y el novelista

El interrogador y el novelista

En diciembre de 2003 John Nixon llevaba cinco años dedicando su vida a una especialidad que combinaba lo extremadamente restringido y específico con lo inabarcable. Llegaba cada mañana a su escritorio en la sede de la CIA, en las afueras de Washington, y se pasaba el día entero averiguando y organizando todo lo que se pudiera saber sobre una sola persona, Sadam Husein. En 1998, cuando Nixon empezó su trabajo, Husein era un déspota sanguinario en la plenitud de su poder. A finales de 2003 su régimen se había derrumbado casi de la noche a la mañana después de la invasión dirigida por Estados Unidos, y del paradero del dictador no se sabía nada, aunque había una recompensa de 25 millones de dólares para quien ayudara a apresarlo. El trabajo de John Nixon había sido hasta entonces del todo sedentario y administrativo. Era un detective inmóvil persiguiendo a un fantasma. Había acumulado más información que nadie sobre todos los aspectos de la vida de Sadam Husein, su infancia, su...

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