Antonio Muñoz Molina

Visto y no visto


Un día no es un día de una vida, sino una vida

Juán Ramón Jiménez

Perder las formas

Perder las formas

Hay que prestar atención cuando personas que parecen situadas en extremos ideológicos opuestos usan los mismos argumentos, repiten las mismas palabras y consignas, en un tono parecido. Las palabras “élite” y “elitista”, por ejemplo. Nunca se habían usado tanto como ahora. Y nunca en un tono tan homogéneo, de acusación y desprecio. Hay que oírlas en boca de Donald Trump, de sus asesores y sus animadores, para los cuales tienen además la repugnancia añadida de ser unas palabras francesas. Para un reaccionario americano, Francia y lo francés provocan una animadversión morbosa, que resume todo lo que desprecia: la buena alimentación, el vino, la libertad sexual, el Estado de bienestar, el tabaco, el laicismo, las mujeres que se ponen tacones altos y se pintan los labios para ir al supermercado o llevar los niños al colegio. […] Seguir leyendo en EL PAIS...

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Huellas de Emily Dickinson

Huellas de Emily Dickinson

Emily Dickinson es una niña de 9 o 10 años con el pelo rojo muy corto y los ojos grandes que sostiene un libro y una rosa en las manos; es la silueta en cartulina negra de una chica en torno a los 14, con melenita, las mejillas redondas, la nariz todavía infantil; es una muchacha de 16 o 17, con una expresión de inteligencia tranquila y ensimismamiento, los perfiles y los claroscuros de un daguerrotipo. Seguir leyendo en EL PAÍS...

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Poética del laberinto

Poética del laberinto

De la exposición de Maurits Escher en el palacio de Gaviria de Madrid se sale un poco enloquecido. Yo fui a verla una mañana de mucha lluvia, y hacia cualquier sitio que miraba se me aparecían laberintos de repeticiones matemáticas, como si todavía estuviera delante de sus escalinatas imposibles o de esos mosaicos en los que danzarines o bufones blancos de cuerpos torcidos se yuxtaponen a danzarines o bufones iguales pero de color negro. En todo lo que veía encontraba patrones visuales que se complicaban o se disolvían: paraguas negros sobre las cabezas de la gente, diseños de baldosas en el pavimento, peldaños en la estación del metro que subían y luego bajaban con un ritmo inverso pero también idéntico. […] Seguir leyendo en EL PAÍS...

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