Antonio Muñoz Molina

Visto y no visto


Un día no es un día de una vida, sino una vida

Juán Ramón Jiménez

El paseo de Max Beckmann

El paseo de Max Beckmann

La tarde del 27 de diciembre de 1950 Max ­Beckmann salió de su apartamento en la calle 69 oeste de Nueva York con la intención de ir al Metropolitan Museum, a ver una exposición en la que estaba incluido uno de sus cuadros, el último de los diversos autorretratos que había ido pintando a lo largo de su vida. Beckmann, que admiraba a Rembrandt y a Goya, había aprendido de ellos la insistencia en el autorretrato a la vez como velada y explícita confesión íntima y como desafío formal. Su aspecto esa tarde podemos imaginarlo mejor según una serie de fotos de carnet que se hizo por entonces, parte de la documentación necesaria para adquirir por fin la ciudadanía americana: la cabeza ancha y grande, magnificada por la calva, la expresión tenaz, el abrigo que subraya lo macizo de su anatomía. En esas fotos reconocemos a la figura de los autorretratos, aunque no la agudeza adivinatoria con que mira en ellos, la tensión interior de arrogancia y vulnerabilidad de...

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Libertad de expresión

Libertad de expresión

Está de moda la queja de que, por culpa de la llamada corrección política, la libertad de expresión se encuentra en peligro. Lo escucho y lo veo escrito con cierta frecuencia, en un tono de alarma, aunque también de orgullosa disidencia, hasta de cierto heroísmo. Nada hay más halagador que sentirse heroico o perseguido sin ningún peligro. Los nuevos héroes de la libertad de expresión lamentan que los censores de la ortodoxia progresista o del buenismo no quieren dejarles llamar a las cosas por su nombre, al pan pan y al vino vino, a los cojos cojos y negros a los negros. […] Seguir leyendo en EL PAIS...

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Vanidad, orgullo

Vanidad, orgullo

Quien mejor explica la diferencia entre el orgullo y la vanidad es Flaubert: “El orgullo es una fiera solitaria que ruge en el desierto; la vanidad, un loro que parlotea de rama en rama a la vista de todos”. En un escritor o un artista, el orgullo sería un rasgo de entereza, hasta de coraje, y la vanidad un defecto penoso. Aunque, pensándolo bien, quizás lo que distingue al orgulloso del enfermo de vanidad es lo mismo que separa al viajero del turista: viajero es uno mismo; turistas son los otros. En su retiro de Ruan, Flaubert se veía a sí mismo como un león y como un ermitaño, como un san Antonio entregado a la áspera penitencia de la escritura y venciendo las tentaciones licenciosas que lo reclamaban en París, las fiestas mundanas, las exhibiciones de vanidad de los salones literarios. Pero sabemos que Flaubert se escapaba a París con mucha más frecuencia y más deleite de lo que sugiere su leyenda, y que el orgullo solitario con...

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