Antonio Muñoz Molina

Visto y no visto


Un día no es un día de una vida, sino una vida

Juán Ramón Jiménez

Rastros de vidas

Rastros de vidas

Es instructivo leer vidas de escritores y luego darse una vuelta por una feria de libros antiguos, ediciones raras, manuscritos, cartas. Cada año, en marzo, en un cuartel gigante de la época de la guerra civil americana, el Armory de la calle 67 y Park Avenue, hay en Nueva York una feria que reúne a libreros y a coleccionistas de medio mundo. En medio de la excitación y la exaltación continua, indiscriminada y ya tediosa de todo lo digital, una feria dedicada a los libros impresos y tangibles, a los manuscritos, a las huellas materiales del trabajo y la presencia de quienes se han dedicado al oficio de la literatura, sin duda es un hecho alentador, y desde luego inusual. El maleficio del aturdimiento y la amnesia parece inseparable de un mundo en el que todo gira en torno a pantallas de plástico muy pulido en las que ningún roce deja huella, y en las que lo aparecido en un momento borra con urgencia y sin ningún esfuerzo lo...

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Los vencedores

Los vencedores

A las cinco de la madrugada me despertó un mal sueño y para distraerlo leyendo me sumergí en una pesadilla. Pero es que hay libros infecciosos que uno no puede dejar de leer, aunque, si lo hace antes de dormir, es muy posible que después de haberle alterado la vigilia le siembren de terrores los sueños. No estaba leyendo una novela de miedo. A estas alturas el miedo de los libros o de las películas con muchas vísceras y cubos de sangre demasiado roja ya no asusta a nadie. Drácula y la criatura del Doctor Frankenstein y hasta Freddy Krueger son ya figuras recortadas de cuento infantil. Hannibal Lecter deleitándose con casquería humana y con las Variaciones Gold­berg es un personaje ridículo. En el miedo, como en casi todo lo demás, las invenciones de la imaginación son muy limitadas y tienden a la repetición y al aburrimiento de lo previsible. Para sentir terror, en esta época, en esta era de Trump y Putin y El Asad y Marine Le...

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Eso era todo

Eso era todo

De lejos todo es más. A diferencia de la mirada, la imaginación agranda el tamaño de las cosas según van alejándose. En los años ochenta muchos jóvenes con antojos o ambiciones de modernidad queríamos mirar lo más lejos que fuera posible porque lo que teníamos cerca lo veíamos pequeño y estrecho, lo mismo nuestras vidas que nuestras ciudades. Cuanto más distantes los resplandores, más nos deslumbraban. Veníamos del agobio de lo cerrado, lo consabido y lo autóctono. En los últimos setenta, en los primeros ochenta, el mundo se abría delante de nosotros de par en par, pero casi todo lo que nos mostraba solía encontrarse muy lejos, tan fuera de nuestro alcance que se confundía con las fábulas de nuestra imaginación, o con las historias de las películas y los libros. Veníamos del vasallaje hacia el pasado, impuesto en parte por la dictadura, en parte por nuestra lícita nostalgia republicana. El futuro lo habíamos concebido sobre todo como irrupción utópica, como la llegada de un paraíso intemporal. La democracia,...

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