Antonio Muñoz Molina

Visto y no visto


Un día no es un día de una vida, sino una vida

Juán Ramón Jiménez

Verano Baudelaire

Verano Baudelaire

Baudelaire es un fervor que se adquiere de joven y no se pierde ya nunca. Su lectura está asociada para mí al despertar definitivo de la vocación. La vocación de escribir, desde luego, pero sobre todo la de observar apasionadamente el espectáculo de la vida diaria, de encontrar las máximas posibilidades de la belleza en las caminatas por la ciudad y en todos los regalos que se ofrecen mezclados a los cinco sentidos. El despertar verdadero de la vocación es el de la mirada y el oído, y el hallazgo de un tono de voz que se corresponda justamente con aquello que uno siente que tiene que celebrar y contar. Al llamar a sus breves textos narrativos y reflexivos “poemas en prosa”, Baudelaire estaba rompiendo por primera vez el dique expresivo no entre el verso y la prosa, sino entre el lenguaje de la poesía y el de la narración, fundiendo el uno con el otro en una escritura incandescente que reunía las capacidades más poderosas de los dos:...

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Realidad aumentada

Realidad aumentada

La interpretación de lo real está sometida a continuas incertidumbres y malentendidos. El sonido de los disparos y el de los fuegos artificiales se parecen mucho. La noche del 14 de julio en Niza la gente que volvía a casa por el Paseo marítimo pensó al principio que habían empezado de nuevo a explotar cohetes. Horas más tarde un superviviente contaba que se había sentido como si viviera en una película de zombies. Para aceptar una realidad tan atroz que soprepasaba la comprensión humana le hacía falta recurrir al ejemplo de una película de terror futurista. En las imágenes documentales de la televisión y en las tomadas trémulamente por teléfonos móviles la gente inerme huye sin destino como empujada por el mismo terror que se ve en el cine de desastres apocalípticos, robots extraterrestres que aniquilan las ciudades o calamidades climáticas o impactos de asteroides. Vimos una noche a deshoras a la gente que huía por el paseo marítimo de Niza y a la noche siguiente vimos en el...

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En poder de una novela

En poder de una novela

El verano es la estación de las novelas. He dedicado algunos veranos fervorosos a escribirlas y he dedicado más veranos todavía a leerlas. Cuando se está escribiendo una novela es raro que se lea al mismo tiempo alguna de gran calado, porque cada una de esas dos tareas, escribir novelas y leerlas, requiere una dedicación casi idéntica, una entrega incondicional y duradera. Las fuerzas de la imaginación que hay que concentrar en inventar y escribir difícilmente pueden repartirse o distraerse. Dos inmersiones a tanta profundidad no son compatibles, y no hay tanta distancia entre lo que hace el novelista y lo que hace el lector. El novelista va siendo el primer y único lector de la novela que está escribiéndose. El lector vuelca tantas energías intelectuales y sensoriales en su tarea que él mismo se vuelve novelista y hasta personaje, tan activo y tan necesario como el pianista que le da vida sonora a una partitura. Una novela tiene algo de sueño, de esos sueños lúcidos en los que...

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