Antonio Muñoz Molina

Visto y no visto


Un día no es un día de una vida, sino una vida

Juán Ramón Jiménez

Los colores del mundo

Los colores del mundo

Vistas en una galería y en su tamaño real las fotos de William Eggleston llegan como una cegadora bofetada, como golpes de color que lo dejan a uno con la sensación de ebriedad inmediata de un trago de licor en ayunas. La luz de mediodía y de calor extremo tiene sobre una foto de Eggleston el mismo efecto que sobre la chapa de esos coches modernos pero destartalados que le gustan tanto: calor húmedo del sur que reblandece el asfalto de los aparcamientos y exagera hasta una intensidad delirante los colores sintéticos de los coches, de las máquinas expendedoras de refrescos, de las mesas de formica de las cafeterías, de los botes de kétchup y de los azucareros metálicos dispuestos encima de ellas. El rojo de un tomate parece a punto de estallar en un chorro de color y de jugo. Eggleston prefiere revelar en formatos amplios sus negativos, y ese recurso técnico tiene el resultado de volver a su favor lo que podría ser una deficiencia, el exceso...

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Derivas continentales

Derivas continentales

Afortunadamente, un escritor no descubre ni educa su vocación gracias a los modelos o a los predecesores nacidos en su comarca de origen; ni siquiera en su país, y ni siquiera en su lengua. Uno suele escribir usando los materiales que tiene más a mano, el idioma y el mundo que mejor conoce, pero la atracción de lo distinto y lo extranjero puede ser mucho más poderosa que la de lo más cercano, aunque esto entristezca o incluso indigne a los celebradores de las identidades. Era evidente que la Granada de los años ochenta en la que yo empezaba a escribir carecía de una tradición de novelistas locales casi tan radicalmente como carecía de una escuela de físicos teóricos o de compositores de ópera. Pero mi tradición era la de toda la literatura que había leído y que me había importado hasta el punto de influir mi manera de estar en el mundo, y mi geografía abarcaba desde el San Petersburgo de Dostoievski y el Moscú de Tolstói y...

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Según pasan los días

Según pasan los días

Hay simbolismos de la realidad que serían inaceptables por obvios en la literatura. Este noviembre de Nueva York está siendo luminoso y templado casi cada día, incluido el martes 8, ese día futuro tan cargado de vaticinios y enigmas que de repente es una fecha pasada. El único inconveniente de estos noviembres gloriosos de la ciudad es que al cambiar la hora las tardes se abrevian de golpe. En cuanto se descuida uno el oro lento del sol se ha desvanecido hasta en los aleros y en las ventanas más altas que dan al oeste. A las cuatro y media está cayendo la noche, y es muy posible que el frío se esté afilando ya en el aire. Hay un desacuerdo entre el ánimo todavía caldeado por el sol y la brusca noche que llega. La iluminación pública es rojiza y escasa. La claridad principal que llega a las aceras es la de los fluorescentes de las tiendas. Así se distinguen y se disuelven las sombras de los que...

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