Un vaso de agua fría

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Los señores del mundo alimentan sueños de una ambición infernal: viajar a Marte, vivir doscientos años con cuerpos siempre atléticos, poseer islas remotas y búnkeres bien profundos en los que protegerse de las catástrofes futuras que ellos mismos habrán desatado. Las aspiraciones de otras personas son algo más limitadas. En una crónica estremecedora de Beatriz Lecumberri y Núria Garrido, uno de esos palestinos que sobreviven como deportados en su propia tierra declara: “Sueño con un vaso de agua fría”. Yo abro la nevera en mi casa, saco la jarra que siempre está siendo rellenada y enfriándose en estos días tórridos, lleno un vaso de agua fría y limpia y cuando voy a beberlo me acuerdo de ese hombre, que se llama Ahmed Abu Fayeb, y que a diferencia de mí no tiene una casa, ni una nevera, ni corriente eléctrica a la que pudiera conectarla, ni esperanza ninguna de mejorar una situación desesperada que el calor extremo vuelve aún más invivible. Dice Marguerite Duras que escribir es gritar en silencio. En el periódico las palabras silenciosas de Abu Fayeb son un grito que no escuchará casi nadie: “Sueño con abrir la puerta de un frigorífico y beber un vaso de agua fría, con cambiar la tienda de campaña por una habitación de verdad, con techo de cemento. Pero he perdido toda esperanza. Solo encontraré paz en la tumba”.

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Antonio Muñoz Molina
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