Un rasgo que todos los déspotas tienen en común es una temible predilección por la arquitectura. También se parecen en que son varones, en que muy pronto se vuelven perezosos, en que carecen de compasión y remordimiento, en que no escapan al trastorno mental que se adueña de cualquier ser humano que carece de límites a sus impulsos o a los caprichos de su voluntad. Se sabe que Donald Trump nunca llega a su oficina antes de las once, y que Hitler, Stalin y Mao eran noctámbulos que se quedaban hasta las tantas viendo películas o enhebrando monólogos ante sus cortesanos, y como nadie se atrevía a despertarlos, se quedaban durmiendo como viejos gandules hasta mediodía. Es curiosa la afición por el cine. Franco veía películas tan puntualmente como rezaba el rosario. Stalin y Hitler admiraban los musicales rutilantes de la Metro-Goldwyn-Mayer, que estaban prohibidos a sus súbditos. Hombre de una época en la que el cine se vuelve tan irrelevante como la palabra escrita, Donald Trump pasa las horas de día y de noche con el mando a distancia en una mano y el móvil en la otra, profiriendo mensajes de revancha o de simple delirio con faltas de ortografía, o viendo los programas de la cadena Fox, gran parte de ellos babosamente dedicados a excitarle una vanidad tan sin límites como su ansia de dinero o su desprecio por cualquier ser humano que no sea él mismo.
Arquitecturas pavorosas
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