El blog de los lectores

Esta sección está realizada por los lectores de la web de Antonio Muñoz Molina.
A partir del 1 de agosto de 2016, en esta sección publicaremos las anotaciones que los lectores quieran enviar a webmaster@antoniomunozmolina.net.
Si quieres participar, la única regla es la brevedad: un máximo de 600 palabras.


Mi infancia está ligada a la lluvia y al rumor del Ingenio. Pero también, a los campos grandes de caña. Las últimas lluvias que han caído sobre la ciudad, me recuerdan esa época. Por supuesto, los escenarios no son parecidos. Las lluvias de las últimas semanas han sido crueles, devastadoras; aquellas, en cambio dulces, como el azúcar que se hacía entre esos fierros antiguos. Ahí, trabajaba mi padre. La lluvia me levantaba temprano...

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Al viejo, el sol que se filtraba a través del cañizo le pintaba de luz el cuerpo con finas líneas paralelas. Hacía calor. Sentado en el suelo de tierra y apoyada la espalda en la pared de adobe, el viejo dormitaba y espantaba moscas. Del río llegaba el olor del agua estancada y a veces, de manera súbita, se escuchaba el aletear de los patos que arrancaban a volar entre los juncos. Croaba una rana. –¿Cuándo vuelves al...

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Tienen un coche aparcado cercano al parque. Solo les restan tres letras para terminar de pagarlo. Tienen otro automóvil bien refugiado en el garaje del dúplex. Solo lo sacan los días de viaje. Tiene un diseño chulísimo. Acaban de llegar y el sol acompaña. Van al parque los fines de semana y juegan. Tienen una niña preciosa de tres años a la que visten y calzan a su gusto y con el mismo antojo y voluntad de estilo con el que se visten...

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Cuando llegó la patrulla policial, estaba tumbado en la playa leyendo mi libro. No pegaban sus zapatos lustrosos, sus uniformes azules en medio de tantos cuerpos medio desnudos. Después de levantarme y de saludarlos de la manera más afectiva posible. Declaré: -¡Oh, vamos! sólo he criticado lo de la bandera roja en plan teórico, intelectual –les señalé con el dedo la tapa forrada del libro como para hacer más hincapié, sin tener nada...

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Se puso a llover a cántaros, y las aceras brillaban. La gente caminaba apresurada. Era una lluvia como en las películas en blanco y negro. El hombre, viejo, se había levantado penosamente del banco; un sombrero de lona, gastado, arrebujado y ennegrecido lo protegía de esta repentina intemperie. Con pasos lentos, cabeza y torso encorvados, se dirigió hacia su casa, a unos metros tan solo del parque. Hacía ya cinco años que vivía en...

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Por ti, yo había vencido mi miedo a volar, mi miedo a perder el avión por llegar tarde, por perderme en un atasco camino del aeropuerto o por perderme yo mismo en la terminal -especialmente en los aeropuertos extranjeros, temo la posibilidad de equivocarme de terminal o de puerta de embarque por no entender la voz indescifrable de la megafonía-. Me quedé con la cara de alguien en el mostrador de facturación y luego seguí a esa persona...

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