Los acentos del paisito, de mi tierra (por Gaspard P.-A.)

Posted By on Ago 27, 2017 | 22 comments


Como el niño de voz adulta cuenta en ‘La cinta blanca’ la historia de un pueblucho del Segundo Reich, poco antes de la Gran Guerra, servidor les va a relatar una historia vasca que se me ocurrió leyendo en el autobús las primeras páginas de Una sensación extraña. Un profesor –como muchos de ustedes, húsares negros de la democracia, según Péguy- urbanita él, se burla del acento de un alumno del Este (así se les llamaba a los kurdos, el problema de Turquía: la mejor manera de ocultarlos es negar su existencia, así que son “del Este”, como para otros el país opresor es “el Estado”), racismo clasista, narcisismo de la pequeña diferencia que toda la cultura del mundo con sus diferencias de opiniones no impide, a orillas del Bósforo, el Cantábrico o el Mediterráneo.

En un colectivo más viejo que la actual máquina ecológica, un peligro dado que su silencioso motor sorprende a los incautos; en uno pretérito, digo, aunque no de los que vinieron después, ésos que los partisanos “kurdos” con pañuelo palestino, “patriotas” del paisito, quemaban los fines de semana –Atxaga defiende el uso del palabro, otros lo emplean como desprecio para con el paisito que no llega a país, las Vascongadas, como los kurdos eran del Este, y España, el Estado; ‘El paisito’, película sobre la violencia uruguaya; Argentina es un “paisito”, dice Beatriz Sarlo, “yo lo puedo afirmar, pero un político no: acaba con su vida electoral”–; el autobús, digo, era, y sigue siendo, EL transporte-cóctel para guiris y locales sin automóvil por falta de recursos, de valentía al volante o de paciencia (qué difícil era aparcar entonces en el Centro, a pesar de que aún no se había peatonalizado); el bus como microcosmo de la Donostia ya transformada a la que llegué, ciudad seminatal de mi padre, ya moribundo, como igualmente Franco.

 

La “Gran Guerra” estaba a la vuelta de la esquina: años de plomo de terrorismo, desindustrialización y drogas. En el autobús oí acentos del Este, perdón, del Sur: voces extremeñas, andaluzas, baturras, gallegas. No eran vascos, aunque vivían en el paisito; sus hijos, sí, a pesar de no tener los ocho apellidos. Y entre ellos, un joven, sin acento vasco ni caliqueño. De familia salmantina, venía de comer con la familia de la novia. Nos hicimos amigos, y hasta hoy, porque al bajar del autobús, a diferencia del cuento de Cortázar, no nos separamos.

 

Historias de Pamuk, éxodos rurales a urbes en crecimiento vertiginoso y de belleza cautivadora bajo regímenes autoritarios. Acentos, idiomas, culturas y civilizaciones, en ese orden creciente, chocando. Trabajan duro como obreros y sirvientes; su hijo estudia para no serlo, aunque no llega a universitario: de cultura general y expresión escrita limitadas, mi amigo pedirá ayuda a mi castellano titubeante para redactar desde Vitoria, donde hacía la mili, cartas a su novia, vasquísima ella, pero que lloró el 20-11-75. Esa educación exquisita que los nostálgicos proclaman no alcanzó a mi amigo salmantino, ni a su chica guipuzcoana. Gente sencilla, de leer como mucho el periódico (esquelas, pasatiempo y deportes), la historia de su país/paisito es un enigma y no se metieron en política, no por miedo a Franco o a ETA, sino por falta de cultura familiar, intelectual. Savater los (des)calificaría como “idiotas”, ἰδιώτης: a saber, quien se desinteresa de los asuntos públicos.

 

Nuestra historia termina sin muertos, a diferencia del filme de Haneke. Hubo muchos en mi paisito, mi segunda patria, mi petite patrie, igual que en la convulsa Turquía del héroe de Pamuk, quien a diferencia de tantos protagonistas de la obra del Nobel, es un obrero, no un burgués culto. Solo añadiré que los acentos extremeños ya no se oyen casi, como puede que tampoco el kurdo estambulí, ni tiros ni bombas, al menos en el paisito, porque en Turquía…

 

Mi amigo vasco-salmantino, de la Real y del Real, no volvió más en verano al pueblo: la brisa y los helados playeros de Ondarreta, paisaje y complemento perfectos de su romance con la vasca de ocho apellidos, le convencieron de que “esta tierra es mía”, como titularía Laughton.

por Gaspard P.-A.