Hormigas (una cosita como americana) (por Sap)

Posted By on Ago 6, 2017 | 38 comments


El niño observaba con atención la procesión de hormigas que discurría bajo sus zapatos. El banco donde se sentaba era alto y él lo suficientemente pequeño como para no tocar el suelo con los pies. El sol había empezado a fabricar sombras alargadas. Desde la estación llegaba el estrépito de los ferrocarriles.

Las hormigas formaban dos filas que caminaban en direcciones opuestas. Dos rectas paralelas que se engrosaban como un tumor negro en el tumulto que rodeaba el cuerpo aún rebullente de un saltamontes o una mantis que cargaba un grupo de ellas.

El niño apoyaba la cara entre las manos, fija la mirada en el desfile. Imposible adivinar si su gesto era de fastidio o de admiración ante lo que veía. Pasaba un chicle de un lado a otro de la boca y hacía globos que aparecían y desaparecían de súbito tras una mínima explosión rosa.

A su lado, recostado en el banco y apoyado en un codo, el hombre encendió un cigarrillo con indolencia. Agitó el fósforo y lo arrojó al suelo. Fatalidad, el fósforo no se apagó. Cayó entre las filas de hormigas y allí la diminuta llama recobró la viveza necesaria como para dispersar el cortejo. Las hormigas abandonaron por un momento el saltamontes o la mantis y rodearon la cerilla como espectadoras hieráticas y pacientes. Cuando finalmente la llama se extinguió, volvieron diligentemente a su trabajo.

El niño dijo entonces:

—Nos contó la señorita Albers que la quitina las protege del fuego. Las hormigas son como Superman.

Por toda respuesta, el hombre gruñó un poco y se tapó los ojos con el ala del sombrero. La atmósfera estaba tan caliente que el humo del cigarrillo que fumaba apenas subía al aire y le rodeaba la cabeza como la aureola de una aparición fantasmal. Cerca de él había tres botellas vacías de Budweisser y una lata de Pepsi.

El niño separó la cara de las manos y bruscamente giró la cabeza hacia el hombre:

—¿Entonces no volveré a la escuela de la señorita Albers?

El hombre permaneció quieto y mudo. Tal vez trataba de dormir. Su aspecto, desde luego, era el de un hombre que llevara sin dormir mucho tiempo. El traje de rayas arrugado y la corbata aflojada no indicaban lo contrario. Tampoco la barba de varios días que se confundía con las sombras que proyectaba el sombrero.

El niño retomó su posición anterior y continuó observando a las hormigas laboriosas, imperturbables. Dos ritmos se acoplaron: el discurrir de las filas y el leve ronquido que emitía el hombre. Luego, aburrido tal vez, o furioso o ambas cosas al mismo tiempo, el niño se levantó del banco y comenzó a pisotear la caravana y su preciosa carga. Provocó el colapso. A conciencia, fue arrastrando las pequeñas suelas de goma de sus zapatos sobre decenas de hormigas que trataban de proteger su tesoro del caos y la destrucción ofreciendo como sacrificio sus propias e insignificantes vidas.

Todavía de pie, tirándole del pantalón, agitó una pierna del hombre para despertarlo:

—¿Y mamá? ¿qué pasa entonces con mamá?

Por toda respuesta, el hombre se revolvió y cambió de postura con lentitud. Escondió aún más los ojos dando otro fuerte tirón del ala del sombrero y apoyó la espalda contra la enorme, la hinchada maleta forrada de piel de vaca de la que salía tan mal olor.

(Como aún me quedan palabras para completar las 600 del tope, aprovecho y hago como en el chiste: “Urge. Vendo Geografía Universal Larousse, 3 tomos, editorial Planeta, 1965, en muy buen estado. Precio a convenir. Razón aquí”).

por Sap