Experimentos

Posted By on May 14, 2017 | 205 comments


Siento ahora gratitud y miedo. Siento gratitud por la curiosidad y el interés hacia el libro en el que estoy trabajando, y miedo porque no sé cómo va a salir o si se desmoronará como un edificio mal cimentado o mal diseñado, “como un castillo de naipes”, que diría LQ. Al mismo tiempo, me fatiga de antemano la obligación de explicarse que tiene ahora todo el que hace algo; de explicarse a veces con entrevistadores que no tienen mucho interés, que no han leído el libro ni van a leerlo, ni han visto la película, si es una película, y que por lo tanto eluden cuanto antes las preguntas concretas para desviarse hacia asuntos vaporosos en los que se disimula bien la falta de curiosidad y de conocimiento.

Una razón fundamental de mi gratitud es que llevo 33 años -parece mentira- publicando libros muy distintos entre sí, unos más raros que otros, unos mejores y otros peores, como es ley de vida, y nunca me ha faltado el aliento de los lectores, y sobre todo la sensación de estar manteniendo libro tras libro una conversación muy intensa, muy exigente por ambas partes. Es lícito exigirle al lector, a condición de que uno se exija más aún a sí mismo. Es una exigencia voluntaria, desde luego. Como muy bien escribe Cervantes, que tiene siempre tanta conciencia del hecho soberano de la lectura, el que lee no responde ante nadie más que ante sí mismo, y puede dejar el libro si le da la gana. El libro propone un juego, y el lector es libre de entrar en él o no. José Menese lo cantaba muy bien:

El que quiera que me siga

y el que no, con Dios se quede.

Yo suelo hacer libros muy distintos entre sí no por un afán de originalidad, sino por una urgencia instintiva de librarme cuanto antes de lo que acabo de hacer, de probar otras cosas, de curarme con el nuevo libro, en la medida de lo posible, de los errores del anterior. Los libros llegan no se sabe de dónde. Los libros empiezan casi siempre siendo algo muy distinto de aquello en lo que se convierten, y en algunos casos se quedan en nada, o en una catalepsia de la que no se sabe si volverán, en la cripta de un cuaderno o de un archivo de Word. La noche de los tiempos empezó siendo un relato sobre un fugitivo de la guerra en Yugoslavia que va en tren a una universidad americana. Como la sombra que se va apareció y se impuso cuando yo andaba muy sumergido en otra novela sin saber que no estaba yendo a ninguna parte. Una de las historias que más me ha gustado escribir, el relato El miedo de los niños, surgió entero en una noche de insomnio.

Puede parecer raro, pero cuanto más tiempo llevo dedicado a este trabajo más cuenta me doy del valor de lo azaroso y lo inesperado, del puro desconcierto. Lo que me propongo a conciencia puede no ir a ninguna parte. Lo que empiezo a hacer como una distracción o un capricho acaba imponiéndose sobre lo que parecía muy firme. Ahora repaso y corrijo cosas, quito o añado, quito sobre todo, pero estoy tan empapado y tan intoxicado que en este momento es muy poco lo que yo puedo hacer, salvo poner cierta distancia. Imprimiré una copia y se la dejaré a mi lectora de cabecera, que será favorable pero inflexible, con sus gafas de leer y su lápiz afilado. Es asombroso hasta qué punto un libro puede mejorar si es examinado por quien sepa fijarse en cada palabra, en cada frase, en cada repetición inútil. Un libro es una tarea solitaria y un trabajo colectivo. Como tengo la suerte de contar con hijos lectores, ellos vienen después.

Y a partir de entonces llega el turno de los lectores editoriales y los correctores, cada uno de los cuales seguirá detectando despistes, reiteraciones, contradicciones…

Cuando el libro esté por fin en la calle yo habré empezado a alejarme de él. Quizás soy tan culo de mal asiento porque estoy acostumbrado a vivir en los libros como si fuera a quedarme siempre en ellos, y luego a dejarlos atrás, y a buscar otra historia como el que busca otra casa, como el que a penas instalado con mucha ilusión en una ciudad empieza a pensar que debería mudarse a otra.