La clase de matemáticas (por Miguel Angel Moyà)

Posted By on Sep 7, 2016 | 32 comments


Era una mujer delgada, muy expresiva, quizás a punto de jubilarse. Caminaba de un extremo a otro de la tarima, y gesticulaba graciosamente con los dedos al señalar en la pizarra el límite superior o inferior de un intervalo.

Nos transmitía su entusiasmo por las matemáticas. De ella aprendí a separar lo fundamental de lo accesorio, y a valorar distintos puntos de vista. Me tenía que esmerar en tomar los apuntes, que después pasaba a limpio en la residencia.

En la clase había dos compañeros que me llamaban la atención: Ramón Azov y Natividad Baca. Los recuerdo muy bien, como si los viera ahora mismo. Busqué su amistad, y no me la negaron. Pero no insistí, por timidez.

Les miraba, atentos y concentrados, como si disfrutaran durante las explicaciones de la profesora, a la que observaban con el agradecimiento de quien recibe algo de otra persona que tiene un valor incalculable.

La clase se daba en un aula muy grande. No teníamos un sitio reservado para cada uno. Así que a veces me sentaba cerca de Ramón, y otras de Natividad. De esta cercanía surgió poco a poco mi admiración por ellos.

Ramón Azov escuchaba con atención no sólo las explicaciones de la profesora, sino a cualquier compañero de clase. Una vez me dijo que hay que conocer las condiciones iniciales para analizar un proceso.

Entonces no lo entendí, pero la vida me ha enseñado que es cierto. Fue él quien me insistió en que comprara Calculus, de Michael Spivak. Aún conservo los dos tomos en mi biblioteca, con su impecable encuadernación y sus tapas azul celeste.

Natividad era una de las pocas chicas de la clase. Un día salimos juntos y anduvimos por la calle un buen rato. Vestía falda y chaqueta de color blanco. Y llevaba los apuntes en un bolso, no en una carpeta roja, como yo.

Era muy elegante, y su manera de atender a la profesora tenía mucho que ver con su forma de hablar. Sus frases tenían contenido. En cambio, yo no era más que un pueblerino que acababa de llegar a Barcelona. Y, además, muy infantil.

Había pasado el verano en París, me dijo, en la casa de unos amigos de sus padres. Casi nada: en París. Yo apenas había salido de mi pueblo unas cuantas veces para ir a comer paella con mis padres y mis tíos en un restaurante de Sa Ràpita.

Hablamos un buen rato de la profesora de cálculo, y así tuve los primeros argumentos sobre la calidad de las clases. Recuerdo aquella noche de invierno como un viaje de iniciación.

Ahora no es difícil indagar acerca de alguien. Pero mis intentos no han servido para nada. No he encontrado ni rastro de los tres. La profesora de matemáticas, Ramón Azov y Natividad Baca parecen invenciones de mi memoria.

por Miguel Angel Moyà