Cerca de Umberto Eco

Posted By on Feb 27, 2016 | 9 comments


Durante unos años, en diversos sitios del mundo, vi con frecuencia a Umberto Eco, si bien nunca hablé con él. Lo vi unas veces a una cierta distancia y otras muy cerca, dotado de una ubicuidad admirable que le habría convenido a un personaje de algunas de sus ficciones. Un taxi se paró a mi lado junto a una acera de Nueva York y de él salió Umberto Eco, corpulento y ágil, y echó a andar con mucha prisa, con un cigarrillo en la mano, sostenido entre las puntas de los dedos índice y corazón. Me invitaron a Harvard Luis Fernández Cifuentes y el gran Francisco Márquez Villanueva hace veintitantos años, y después de recogerme en el hotel me llevaron a cenar a un restaurante de Cambridge. En la media luz, en una mesa del fondo, Umberto Eco se llevaba reflexivamente a los labios una copa de vino tinto, con aquel aire regio de gourmet de la vida que tenía.

[…]

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9 Comments

  1. “¿ A dónde irán las cánticas?”

    JRJ

    Bajo el morado invierno,
    cuando el cielo, deshecho
    [en amenazas,
    revuelve con desidia
    las cortinas del aire
    y se hombrea, valiente,
    [con mil voces;

    cuando una piedra cálida
    atraviesa la sien sin un
    [rasguño,
    y cualquier cuerpo, joven,
    parsimonioso y gris,
    dibuja un arco con sus
    [huesos tristes;

    cuando se quiebra el velo
    más hermoso, más áspero,
    [más lúgubre,
    y la mente crepita,
    desjarretada y loca,
    por las esquinas máginas
    [del mundo;

    cuando un árbol aguanta
    en pie sobre su mal tejida
    [sombra
    y parece posible
    que algún tazón caliente
    entibie el alma de los
    [asesinos…

    Si eso sucede, entonces,
    sin más herencia que la
    [fe de un párpado,
    bajo el leve chamizo
    de aquella duermevela,
    el día crece y nuestros
    [padres hablan.

    En la vitrina efímera,
    verde y azul, serpentea-
    [ba un sueño.
    Alcé la vista y tuve,
    ya realidad fecunda,
    los prados por segar
    [del paraíso.

    José María Micó
    ‘Adiós’
    “La espera”
    poesía Hiperión (1992)

    Jardines mediante.
    Homenaje

    *

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  2. ” … At that very moment … ”

    “[…] Cuando la rehusé, volvió a sentarse sobre el pulimentado cráneo de caballo y comenzó a tocar y cantar. Tenía una voz dulce e infantil y una de sus baladas me gustó tanto que le pedí que me repitiera la letra y la escribí en mi cuaderno, cosa que alegró enormemente a Lucero, orgulloso de los logros del chico. He aquí la letra reproducida casi literalmente, aunque sin rima -lo único que siento es no proporcionar a mis musicales lectores la tonada extraña y quejosa con que la acompañó:

    Oh, dejadme partir. Oh,
    [dejadme partir
    a donde nacen entre las
    [montañas
    los arroyos que alegran
    [el sur,
    y a través del ancho y
    [desierto herbazal,
    donde el ciervo sacia su
    [sed,
    se apresuran hacia el ver-
    [de mar.

    Pétreas montañas, pétreas
    [montañas,
    flores etéreas y azules de
    [los acantilados,
    donde el ganado vaga sin
    [dueño,
    y el monarca del rebaño
    parece poco mayor que mi
    [mano,
    cuando pasta entre las altas
    [y empinadas cumbres.

    Las conozco bien, las conoz-
    [co bien,
    eternas montañas, y ellas
    [a mí;
    siempre serenas cuando a
    [verlas voy,
    si las visita un extraño
    negros nubarrones se agol-
    [pan en las cimas
    y sobre la tierra se abate la
    [tempestad.

    No digáis, no digáis
    que vivir allí es triste.
    Bajo los techos de la
    [ciudad mi corazón
    anhela la libertad del
    [desierto,
    la sangre inunda las
    [calles, y el temor
    empalidece el rostro
    [triste de las mujeres.

    Oh, llévame lejos. Oh,
    [llévame lejos,
    caballo de cascos li-
    [geros.
    No me gustan los ce-
    [menterios,
    así que dormiré en la
    [llanura,
    y me acunará la hierba
    [verde y alta
    mientras pastan a mi alre-
    [dedor los indómitos re-
    [baños del ganado. ”

    W. H. Hudson
    ‘Las casas
    y el corazón de los campesinos’
    “The Purple Land” (1885)
    Traducción de Miguel Temprano
    Acantilado – Quaderns Crema, 2005

    ” … thought came into Candide’s head … ”

    Murió Goyanes, Concha.
    Recuerdo tardío.
    Interior también hoy de luto.
    Falta Asunción.

    *

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  3. ” … sensible por naturaleza … ”

    ” … Este elegante, amable y exagerado exordio fue precedido por algunas demostraciones muy prácticas. “¡El mandil es la bandera del futuro!”, exclamó el ponente, y entonces se quitó el abrigo y se puso su mandil. Habló un poco sobre la encuadernación antigua de los rollos de papiro, sobre los cilindros de marfil o cedro con los que se enrrollaban los viejos manuscritos, sobre las cubiertas coloreadas y los elaborados nervios de los lomos, hasta que la encuadernación en sentido moderno comienza con la literatura en forma de pliegues, con la literatura en páginas. Una encuadernación, apuntó, consiste en dos tablillas, originalmente de madera -ahora de fibra de madera-, cubiertas de cuero, seda o terciopelo. Las tablillas se usan para proteger “el rico mundo escrito”. El mejor material es el cuero decorado con oro. Los antiguos encuadernadores solían utilizar ciertos bosques para proveerse de pieles de animales salvajes; los modernos encuadernadores tienen que contentarse con el importado de Marruecos, que es, con mucho, el mejor cuero que hay y es preferible siempre a la piel de ternero.
    El señor Sanderson mencionó el nombre de algunos de los grandes encuadernadores, como Le Gascon y algunos de los patrones de la encuadernación como los Médicis, Grolier y las hermosas mujeres que han amado tanto los libros que les han dejado algo del perfume y gracia de sus (…) vidas … ”

    Oscar Wilde
    ‘The Beauties of Book Binding’ (1888)
    “Las artes y el artesano”
    Traducción de Carlos García
    Gadir Editorial, 2010

    ” … curtido … ”

    Acaso… Gone With the Wind? :)

    *

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  4. .
    Supongo que a distinto nivel, pero con igual carga de turbación, se habrán sentido muchos de los que tuvieron a Antoniomm a tiro de piedra (parece que me refiero a una perdiz) sin atreverse a saludarlo. Por fortuna, nunca me paré a pensar si habíamos sido presentados o no y a la primera ocasión pude estrecharle la mano, recibiendo en el acto un calambrazo de toda clase de cordialidades.

    De Umberto Eco sólo leí la consabida novela rosa y un opúsculo titulado justamente “Apostillas al nombre de la rosa”. Lo que me llamó la atención de este hombre –y aquí coincido con la apreciación de Antoniomm de sus posibles sosias– es cuánto se parecía a mucha gente… Conozco a cien tipos con la cara de Umberto Eco: amigos, gente del cine, presentadores de la tele, escritores, músicos, fontaneros, empleados de empresas de mudanzas… El de Umberto Eco era un rostro para llamarse Fernández García. Difícil fijarlo en la memoria.

    :-)

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  5. No estaría nada mal que escribieras ese cuento, Antonio. Y que, ya de paso, nos facilitaras algún detalle más acerca de tus interlocutores: sobre todo el de París. Saludos.

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  6. Carmela,

    Esa preguntita que haces, querida, da para un ensayo.

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  7. “Qué pena no haber estrechado nunca la mano de Umberto Eco.”

    Pues no lo entiendo. Qué le impide a un escritor acercarse a otro cuando lo tiene a un tiro de piedra, presentarse sin esperar a ser presentado?

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  8. ” … Voces … ”

    “[…] Más que nunca me conmueve ahora ese nombre que no había vuelto a oír ni a decir desde la infancia, y lo veo a él, al excomandante Galaz, muchos años más tarde, pero todavía sumergido en ese mismo tiempo estático de la distancia absoluta por donde los vivos y los muertos se mueven como sombras iguales, alto, un poco encorvado, con abrigo y sombrero, con un lazo en lugar de corbata, bajando por la calle ancha y desolada que ahora se llama avenida Dieciocho de Julio y en la que hace mucho que cortaron los grandes castaños que la poblaban en las mañanas de abril de un escándalo de pájaros, lo veo aproximarse despacio y sin voluntad ni nostalgia hacia el cuartel y detenerse al oír ya muy cerca el toque de oración en un anochecer de noviembre o diciembre, junto a esa casa en cuya planta baja hay ahora una taberna […]”

    AMM
    “El jinete polaco” (1991)
    Planeta, 2001

    ” … caras … ”

    ” … En apariencia, destaca Frost por su disposición favorable hacia el entorno, en especial hacia la naturaleza. Su “estar versado en cosas del campo” produce sin duda esta impresión. Sin embargo, existe una diferencia en la forma en que un europeo y un americano perciben la naturaleza. Comentando esta diferencia, W. H. Auden, en su breve ensayo sobre Frost (acaso lo mejor que se haya escrito sobre el poeta), sugiere que, cuando un europeo quiere acercarse a la naturaleza, sale a dar un paseo vespertino desde la casa de campo o la posada donde se encuentran sus amigos o familiares. Si topa con un árbol, se trata, sin duda, de un árbol familiar, porque ha sido testigo de la historia: bajo sus ramas tal o cual rey dictó tal o cual ley, o algo parecido. Se trata, por así decirlo, de un árbol cargado de referencias. Satisfecho y un tanto pensativo, nuestro hombre, reconfortado pero sin cambio alguno tras ese encuentro, regresa a su casa o a la posada, encuentra a sus familiares o a sus amigos exactamente igual que antes, y se dispone a pasar un rato placentero y feliz. En cambio, en el caso de un americano que sale de su casa y topa con un árbol, se trata de un encuentro entre iguales: el hombre y el árbol, dos poderes primarios, sin referencias, cara a cara; ambos sin pasado, y ambos con un futuro aún por decidir. Básicamente, se trata del encuentro entre la epidermis y la corteza. Nuestro hombre regresa a su cabaña en un estado de verdadero desconcierto, cuando no de conmoción o de terror.
    Se trata, por supuesto, de una caricatura romántica, pero subraya bien los rasgos principales que aquí me interesaba destacar. Lo que le ocurre al americano de la historia recoge bien la esencia de la poesía de la naturaleza de Frost. Para este autor, la naturaleza no constituye ni un amigo ni un enemigo, ni el telón de fondo para un drama humano. Constituye el aterrador autorretrato del poeta. […]”

    Joseph Brodsky
    ‘Del dolor y la razón’
    “On Grief and Reason. Essays” (1995)
    Traducción de A. Martí García
    Siruela – El Ojo del Tiempo, 2015

    ” … figuras quietas … ”

    De donde se infiere lo caprichoso que resulta el azar, sus laboriosas vainicas y el pitillo de Umberto.
    Has concebido un cuento chisporroteante prácticamente redondo.
    Puro Eco (a 45 r.p.m., eso sí) :)

    *

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  9. Todos tenemos alguien a quien admirar, gracias por recordarnos que los admirados también admiran.

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