Discurso Premio Liber 2014

Posted By on Oct 6, 2014 | 107 comments


PALABRAS DE AGRADECIMIENTO
(Premio Liber, 2014)

Viniendo ayer a Barcelona pensaba en todos los viajes que he hecho a la ciudad en mi vidad de escritor, y en algunas de las personas que directa o indirectamente me han ayudado en ella. Una editorial de Barcelona, Seix Barral, decidió publicar mi primera novela cuando yo era un desconocido sin conexiones ni referencias. Allí estaba, y por fortuna sigue estando, mi querido Pere Gimferrer, poeta, ensayista y novelista voluble en catalán y castellano. Y como Gimferrer siempre acaba tomándonos por sorpresa a los que creemos conocerlo, ahora resulta, acabo de enterarme, que también es poeta en italiano. La nuestra es una amistad improbable entre un barcelonés aficionado a los toros y un jienense refractario a cualquier forma de fiesta nacional.
Me acuerdo también de otro escritor y editor que me acogió en Seix, Mario Lacrux, novelista extraordinario, autor de dos de las mejores intrigas policiales escritas en español, El inocente y El ayudante del verdugo. Y no me olvido de Mónica Fainberg, la jefa de prensa de Seix, que se empeñó en difundir mis primeras novelas con un entusiasmo militante al que le debo mucho.

Siendo esta una feria profesional de los editores y los libreros, me importa resaltar todo lo que cualquier lector español y latinoamericano de literatura le debe a las empresas editoriales de Barcelona. Si me paro a pensarlo, mi vida entera la han alimentado ellas. De niño leía el Pulgarcito y el Tiovivo, de casi adolescente la colección Historias, en mi primera juventud las colecciones policiales de Barral editores y Bruguera, y aquella extraordinaria “Libro amigo” en la que lo mismo se encontraba a Dostoiewsky que a Juan Eduardo Zúñiga. Uno era lector de Bruguera, de Sopena, de Molino, de Mateu, y luego de Seix Barral y Anagrama. Toda la gran literatura del boom y una gran parte de las traducciones de narrativa internaiconal que educaron nuestra vocación se publicaron aquí. Y fue también aquí donde empresarios como José Manuel Lara ayudaron a construir una musculatura editorial y comercial para el libro.
Así ha seguido siendo hasta hoy mismo. Hace muy poco murió el que era sin duda uno de los grandes editores europeos, Jaume Vallcorba, que reunían los mejores valores del oficio de la edición: rigor intelectual, altura y anchura de miras, cuidado obsesivo por la calidad material de los libros, intuición para descubrir y recobrar obras muy valiosas. Y además un arraigo tan firme en la literatura en catalán como en la escrita en castellano, las dos alumbradas en su imaginación generosa por el conocimiento de otras lenguas, otras literaturas y otras artes.

Estamos viviendo una época de terribles simplificaciones, de abismos civiles abiertos por el sectarismo y el oportunismo político. A mí me gustaría vindicar la realidad de tantos entrecruzamientos literarios y editoriales como una prueba de que ha habido y hay mucho más que la crudeza del enfrentamiento obligatorio, que las mitologías tan seductoras pero tan dañinas de la opresión y el victimismo. En tiempos de simplezas, la literatura es una afirmación de la complejidad. La literatura resalta lo singular y al mismo tiempo lo vuelve universal haciéndolo inteligibles. En la literatura, como en la vida real, las identidades son porosas y cambiantes. La literatura celebra las voces individuales frente a los clamores colecitvos, la irreverencia y la sátira contra las solemnidades oficiales, el matiz y lo sugerido frente a las proclamas rotundas: los tonos intermedios que no son ni el blanco ni el negro.
Los libros le ayudan a uno a descubrirse distinto a los que tiene alrededor y parecen los suyos y semejante a los designados como extraños. La literatura, para existir plenamente, necesita no solo de los escritores y los lectores: también de los editores, los correcctores, los comerciales, los publicitarios, los distribuidores, los libreros, los periodistas. Los libros crean riqueza práctica y puestos de trabajo. En la Unión Europea las industrias y las instituciones de la cultura mantienen más empleos de calidad que la industria del coche.

Por eso ofende más aún la ceguera de los poderes públicos españoles, lo mismo el central que los autonómicos y los municipales, que solo parecen interesarse por la cultura si les da oportunidades de lucimiento personal o de adoctrinamiento ideológico, y que en los últimos años han desarbolado el sistema de bibliotecas públicas y han dejado a la intemperie a la industria editorial cuando más las acosaba la crisis. Y además nos han sumido en el descrédito internacional con su falta de coraje para defender los derechos de autor.

A mí me gusta explicar a mis amigos americanos la magnífica paradoja de que el centro de la industria editorial en español está en una tierra en la que se habla masivamente el catalán. Cuando parece que toca, según una vieja tradición muy hispánica, celebrar de nuevo las purezas de sangre, yo prefiero recordar las fértiles complejidades de la mezcla. Un catalán, Felip Pedrell, convenció a un gaditano, Manuel de Falla, de que buscara su inspiración como compositor en la música popular andaluza. Fue en Barcelona donde el granadino García Lorca conoció por primera vez el éxito de público para su teatro. Cuando yo era un aficionado primerizo a la música, pude descubrir en Granada la obra de Schoenberg, de Alban Berg y de Kurt Weill gracias a la orquesta de cámara del Teatre Lliure dirigida por Josep Pons, que años después revitalizó a la Orquesta Nacional en Madrid. Un pianista catalán, Tete Montoliu, me contagió el amor por una música que tenía su origen en los negros del Sur de los Estados Unidos. Siempre hay agravios, y quejas justas e injustas, y malentendidos dolorosos.Pero es importante recordar que, desde los años del final del franquismo, nunca han faltado escritores catalanes, directores teatrales, cantantes, actores, artistas de cualquier tipo, entre los más admirados por el público en toda España.

Sigo creyendo que a pesar de los pesares tenemos en común cosas fundamentales. Y creo que la literatura, su vocación de claridad y exactitud, su presencia en los libros, puede ser un antídoto muy saludable contra la omnipresencia tóxica de las consignas, contra la usurpación del debate público por parte de los profesiones de la gresca política.