Hola y adiós

Posted By on Sep 27, 2012 | 299 comments


Llueve en Amsterdam en la mañana de la despedida. En la plaza cuadriculada por las ventanas del apartamento la copa de uno de los grandes olmos de la plaza ha empezado a ponerse amarilla. La gente intrépida sigue pasando en bicicleta por el carril junto a la acera del café Luxembourg: con gabardinas ahora, con impermeables, con paraguas que sostienen en una vertical sin esfuerzo. Vine en pleno verano y me voy en pleno otoño. La campana del tranvía es tan familiar que casi no la oigo. El apartamento que ha sido mi casa durante mes y medio ya está casi como lo encontré. Digo casi porque ahora la luz que entra es esa claridad holandesa de las mañanas nubladas que se ve tanto en la pintura. Está bien llegar y está bien marcharse dejando la menor huella posible. Alzo los ojos de la pantalla y lo que veo es este lugar cuando yo ya no esté. Dentro de unos días vendrá otro invitado a ocuparlo, un escritor de Turquía que hará suyo este lugar igual que Elvira y yo lo hicimos nuestro. En un mes y medio da tiempo a que una casa esté muy vivida. Pienso en todo lo que hemos trabajado aquí, en lo que hemos disfrutado, en los hábitos que ya habíamos adquirido, el sillón donde leer y quedarse adormilado en la siesta, el rincón de la música, la mesa donde desayunábamos y comíamos, tan larga que ocupábamos sólo la mitad, la misma mesa ancha en la que yo he escrito frente a una ventana que da al oeste. Visto y no visto. Igual que hay quien dice que es monógamo sucesivo, yo soy sedentario sucesivo. Si estoy en un lugar me gusta estar plenamente. me gustría no parecerme a esas personas de las que dice Montaigne que por mucho que viajen no aprenden nada, porque allá donde vayan se llevan enteras consigo. La lluvia cae ahora mismo inclinada y visible como en un tebeo de línea clara. Me queda una sensación de tiempo colmado, de memoria llena de imágenes, personas, voces, lecturas, paseos, horas en bicicleta en la agitación del centro de la ciudad y en las amplitudes tranquilas de los barrios exteriores, y en esos caminos del campo que se prolongan en línea recta hacia un horizonte plano, bajo cielos altísimos de nubes monumentales y zonas de cielo descubierto, con ese azul incomparable que ha lavado la lluvia. En la orilla de una acequia una garza se sostiene impávida como un monje zen sobre una sola pata. Para alguien criado en los secanos de Jaén esta abundancia de agua y de verde siempre es prodigiosa. Más todavía cuando te paras a pensar que estos paisajes no son naturales, que se han ido construyendo a lo largo de muchos siglos con un esfuerzo sostenido, con un empeño colectivo de una obstinación y una sabiduría imposibles de imaginar. Todo lo que se ve ha sido hecho: los árboles plantados por alguien, la tierra amontonada contra el mar, los canales trazados en su orientación y su inclinación.

Es raro pensar que esta noche, cuando se hayan encendido en la plaza los letreros luminosos de los cafés, cuando se levante el clamor de los bebedores de cerveza, yo no estaré ya para verlo.