Para entender algo

Posted By on Ago 12, 2012 | 99 comments


Hace unas noches, a deshoras, recién terminado el trabajo, puse la televisión, porque con el cansancio de escribir no puede uno irse de inmediato a la cama, ni ponerse a leer. Y buscando por ahí encontré en un canal público, 24 Horas, un reportaje que me dejó lleno de admiración y de pena, y también de gratitud: admiración por el trabajo meticuloso de quienes lo habían hecho, pena por el retrato de estos años de sinrazón y ceguera en España, gratitud porque nada nos hace más falta que comprender lo que nos ha pasado, que negarnos de una vez por todas a los estereotipos y al atolondramiento. El programa se llama Crónicas, y es probable que se pueda encontrar en Internet. Lamento no recordar los nombres de sus autores.Trata de ese pueblo manchego, Villacañas, que había sido siempre pobre y agrícola, y que de pronto despertó a la abundancia, gracias a un solo producto, a una sola industria, las puertas, los cientos de millares y los millones de puertas que hicieron falta en los años de la explosión inmobiliaria, cuando parecía que no iba a haber nunca límites, que un modelo económico basado en el engaño podía sostenerse para siempre, cuando los chicos abandonaban la escuela y al poco tiempo miraban por encima del hombro a los profesores, porque los profesores tenían un sueldo modesto y ellos conducían coches potentes y ganaban miles de euros al mes, cuando el pueblo estaba lleno de sucursales bancarias y concesionarios de coches de lujo, etc. Hubo años en que salieron de las fábricas de Villacañas más de un millón de puertas.

Ahora casi todas aquellas fábricas están abandonadas: grandes naves vacías, con restos de maquinarias cubiertas de polvo, con taquillas metálicas abiertas en las que nadie guarda ya la ropa. En el interior de algunas de ellas aún quedan pósters descoloridos de mujeres desnudas. Los estudiantes que dejaron la escuela a los catorce o quince años ahora son hombres adultos que vuelven a ella y se sientan incómodamente en el pupitre, sosteniendo con dificultad un lápiz, mirando con algo de miedo la pantalla del ordenador en el que intentan aprender algo que les dé otra oportunidad en la vida. Algunos hijos y nietos de agricultures han vuelto al campo. En las caras de la gente hay estupor y dignidad, la expresión sobria de quien no tiene ya más remedio que mirar la realidad tal como es, de acostumbrarse a la incertidumbre.

La misma incertidumbre que lo toca todo: quién sabe durante cuánto tiempo más podrá seguir habiendo programas así en la televisión pública, de nuevo invadida y desbaratada por insolentes mandamases políticos.

 

Crónicas – Villacañas, puertas adentro