Demasiada distancia

Posted By on Ago 13, 2012 | 91 comments


Creo que es un buen ejercicio explicarle el país de uno a un amigo extranjero: uno hace un esfuerzo particular de claridad y comprensión porque no hay nada que pueda darse por supuesto, y porque se es consciente del peso de la ignorancia y de los estereotipos. Esa es la actitud con la que me pongo a escribir cuando me piden un artículo para un medio de fuera. Para explicar intento comprender. Y creo que es preferible ayudar en la medida en que uno pueda y no hacer daño inútilmente. Bastantes infortunios tenemos ya.

Me costó bastante escribir este artículo para Der Spiegel. Pero he recibido ecos favorables de Alemania, incluso una invitación a participar en un congreso sobre el porvenir de Europa organizado por el Ministerio alemán de Asuntos Exteriores, que he preferido declinar. Como decía Bioy Casares, yo soy escritor por escrito.

DEMASIADA DISTANCIA

Antonio Muñoz Molina

 

Las situaciones de crisis tienden a agravar los estereotipos nacionales. El miedo empobrece la imaginación y favorece la búsqueda de culpas ajenas. No hay culpable más seguro que quien no se nos parece, quien puede ser calificado como otro: culpándolo a él nosotros mismos nos libramos de responsabilidad y fortalecemos nuestra inocencia, y por lo tanto nuestro derecho a acusar. Como en la historia de Europa hasta 1945 habían abundado tan catastróficamente los estereotipos y la búsqueda de culpables ajenos para las desgracias propias, la otra Europa de la unidad política que empezó a formarse en los primeros cincuenta se fundamentó en un acuerdo implícito de conocimiento mutuo y responsabilidades compartidas. En este sentido, y en varios más, la Europa comunitaria era un proyecto ejemplarmente adulto: es propio de los adultos esforzarse en ver las cosas tal como son y examinar críticamente los propios actos, eludiendo el reflejo adolescente de culpar al mundo de nuestro infortunio personal y de la ruina de nuestros sueños. Europa era un proyecto adulto en la misma medida en que era un proyecto artificial: lo natural, lo instintivo, lo fácil, son los lazos de sangre, de lengua, de patriotismo identitario; pero también es natural la supremacía de los fuertes sobre los débiles, y del grupo sobre el individuo aislado. El principal defecto que muchas personas le encuentran a Europa, su artificio, es precisamente su mayor mérito, incluso su razón de existir: como la democracia y como la universalidad de los derechos humanos, Europa es un invento artificial que merece perdurar precisamente porque corrige algunas de las más arraigadas inclinaciones de nuestra especie. Lo natural es ese culto a las fronteras que según Claudio Magris acaba exigiendo sacrificios humanos: uno de los más admirables artificios europeos del último medio siglo ha sido la gradual eliminación de fronteras interiores que llevaban siglos tatuadas en los mapas.

. En 1978, con 22 años, yo salí por primera vez de España. En la frontera de Port-Bou tuve que hacer cola a medianoche delante de una aduana francesa en la que los gendarmes no se daban ninguna prisa en examinar nuestros documentos. Ocho años después de aquel viaje, en 1986, España ingresaba en la Unión Europea. Menos de 25 años después, mis hijos, que nacieron en la década de los ochenta, se mueven por toda Europa con perfecta naturalidad desde la adolescencia, y no pueden ya imaginar lo que era el miedo a las fronteras, la dificultad y la lentitud de cruzarlas, la sensación de extranjería que experimentábamos las personas de mi generación en esas mismas ciudades en las que ellos ahora van a estudiar, a trabajar y a divertirse, y en las que tienen amigos con los que se entienden en varias lenguas.

Por eso es tan doloroso, y tan inquietante para quienes somos conscientes de la fragilidad de las cosas, que uno de los rasgos de esta crisis esté siendo el resurgir de los estereotipos nacionales, y con él la búsqueda de culpabilidades colectivas. De nuevo, vistos desde los países del sur,  los alemanes son serios, trabajadores, disciplinados, pero también tiránicos y cabezas cuadradas; de nuevo los españoles somos juerguistas irresponsables, aficionados a la siesta y no al esfuerzo, adolescentes inmaduros y díscolos que hemos despilfarrado el dinero de otros.

Lo natural no es la aceptación de la complejidad, sino la búsqueda de explicaciones simples. Y lo asombroso es que se haya roto hasta el tabú de la animalización de los otros. En Europa, después de 1945, solo en los Balcanes o en el País Vasco han quedado nacionalistas tan furiosos como para insultar con nombres de animales a los que consideraban sus enemigos. Aunque sea con siglas, la broma de llamar P.I.G.S. a unos países europeos no tiene ninguna gracia.

En España, por ahora, la crisis no ha llevado a la búsqueda de un enemigo exterior. Las quejas sobre la rigidez de las exigencias alemanas no son más vehementes en las conversaciones de las personas comunes que en los artículos de algunos economistas, entre ellos más de un premio Nobel. Hay una izquierda populista que llama retóricamente a la rebeldía contra la tiranía de “los mercados”, pero el estado más común es la pesadumbre, y sobre todo un desaliento que no deja ánimos para mirar mucho más allá de la realidad cercana, que para una gran mayoría está hecha de empobrecimiento y de incertidumbre. Quien vive de un sueldo o de una pensión, los ven menguados por los recortes continuos y por las subidas de impuestos. Quien tiene un pequeño negocio encuentra cada día mayores dificultades para preservarlo. Y nadie puede estar seguro de que su situación no vaya a ser peor el año que viene o dentro de unas semanas o unos meses. Casi todo lo que dábamos por supuesto hace no mucho tiempo ahora está amenazado: hasta lo más elemental, hasta el hecho de introducir una tarjeta en el cajero automático y sacar dinero de un banco que puede haber ido a la quiebra o cambiado de nombre. Ni siquiera sabemos si los billetes que guardamos en la cartera o  en la cuenta corriente tendrán valor en el futuro inmediato. Y a diferencia de nuestros hijos, algunos de nosotros podemos concebir la posibilidad de que nos vuelvan a exigir el pasaporte cuando viajemos por Europa.

No sabemos cómo será el mañana y ya se nos olvida cómo ha sido el pasado inmediato. En ese pasado anterior a la crisis que ahora parece tan lejano yo miraba mi país con una creciente sensación de irrealidad. El presidente Rodríguez Zapatero declaraba con una sonrisa invariable que la economía española había superado a la italiana y muy pronto superaría a la británica. El ritmo de construcción de obras públicas era tan acelerado como el de viviendas privadas. Que la economía dependiera tanto de la construcción era un hecho que no parecía preocupar a nadie. Yo me preguntaba de dónde venía tanta prosperidad, cuánto podría durar. Se lo preguntaba a personas expertas y no recuerdo que mi sensación de alarma estuviera muy extendida. Vivo parte del año en Nueva York: desde 2007 allí se notaba amargamente el principio de una recesión que estaba en todas las conversaciones y era visible en los negocios que cerraban y en las personas conocidas de uno que se quedaban sin trabajo. Volvía a España y me encontraba una euforia cada vez más inexplicable.

Ahora es fácil buscar culpas retrospectivamente. Los políticos españoles tiraban el dinero en obras públicas innecesarias o favorecían el auge de la construcción, pero ese dinero lo prestaban sin ningún reparo los bancos, que a su vez lo recibían prestado de los bancos alemanes.Las mismas agencias internacionales de crédito que ahora nos condenan a la insolvencia nos daban entonces la máxima calificación. En España se inauguraban más líneas de tren de alta velocidad que en ningún otro país del mundo, pero las locomotoras y la tecnología para esas líneas del todo innecesarias nos las vendían empresas alemanas y francesas. Vender coches de lujo a nuevos ricos españoles era un gran negocio alemán y escandinavo. Una parte del río de dinero a crédito que circulaba por España quedó en los bolsillos de dirigentes políticos, pero la corrupción, siempre vergonzosa, ha sido mucho menos frecuente aquí que en otros países de Europa, y una inmensa mayoría paga escrupulosamente sus impuestos. Nuestro sistema educativo es mediocre, pero científicos, médicos, ingenieros, profesores españoles, trabajan con éxito  fuera del país. Demasiada gente se acostumbró a los privilegios del estado del bienestar sin conciencia de las responsabilidades equivalentes, pero incluso  en esos años del delirio España se ha sostenido gracias a una espina dorsal de instituciones privadas y públicas que funcionaban impecablemente, de personas entregadas que hacían a diario su trabajo con una eficacia al menos idéntica a la de cualquier otro país de los ahora considerados más serios, más libres de sospecha.

Estereotipos que han durado siglos y que reviven en estos tiempos de crisis no dejan ver, por ejemplo, que la sanidad pública española está entre las mejores del mundo, o que unas cuantas entre  las compañías internacionales más productivas y mejor gestionadas –Zara, el banco Santander- son españolas. Para que exista un sistema nacional de transplantes como el español hace falta una trama de seriedad científica, capacidad organizativa y sentido de la solidaridad que no se sustenta en el vacío, que implica a muchas personas haciendo muy bien cosas muy distintas.

En las primeras décadas del siglo XX, lo mejor de la inteligencia progresista española había buscado en Europa –en Alemania y en Francia sobre todo- el remedio contra el atraso económico, tecnológico y político de nuestro país. Después de los años de aislamiento que trajo consigo el triunfo fascista en la guerra civil, Europa fue de nuevo un sueño de modernidad y democracia para las personas que adquirimos nuestra conciencia política en los años finales de la dictadura de Franco. La derecha reaccionaria española, en alianza con las jerarquías católicas,  había legitimado su dominio en la exaltación de una singularidad que nos distinguía orgullosamente de nuestros vecinos: para nosotros, huir de aquella españolidad impuesta saliendo al exterior y abrazando los valores europeos era una condición necesaria de nuestra emancipación política y de nuestra esperanza de cambio social. No queríamos parecernos al estereotipo cultural y turístico de lo español. Queríamos ser europeos normales.

Y durante algún tiempo pareció que lo éramos. Construimos casi desde la nada un sistema político democrático. Hicimos un tremendo esfuerzo colectivo para adaptar nuestra economía y nuestras leyes a las exigencias de la Unión Europea. Incluso hicimos frente durante muchos años a una organización terrorista que solo ahora ha renunciado a sus ataques después de dejar un rastro de casi mil asesinatos. Heredamos una sociedad opresivamente patriarcal dominada por la intransigencia católica y en el curso de una sola generación hemos alcanzado la plena igualdad jurídica entre hombres y mujeres y una atmósfera de tolerancia en la que el matrimonio homosexual goza de una aceptación mayoritaria.

El peso de los errores y la gravedad de la crisis no pueden borrar de un día para otro tantas cosas bien hechas que solo hace treinta años eran inimaginables. Sería escandaloso que después de un cuarto de siglo de ciudadanía europea la inercia de los estereotipos tuviera más fuerza que la realidad. Hay responsabilidades políticas y económicas muy graves en la situación de España, pero no son responsabilidades exclusivamente españolas, y los castigos no pueden ser colectivos. Por ahora, en España, quienes más están pagando por la crisis son precisamente quienes menos culpa tienen de ella: los trabajadores y no los corruptos, los pobres y no los especuladores, los empleados públicos que ven reducidos sus sueldos y no los privilegiados que evaden impuestos. Da la sensación de que no deja de crecer la distancia entre la Europa acreedora que parece seguir siendo próspera y segura de sí misma y esta otra en la que nos vamos quedado atrás los sospechosos y los deudores. En España no hay casi nadie que no sea europeísta, pero lo cierto es que lo que por ahora nos llega de Europa son exigencias económicas que solo acentúan la pobreza y una creciente actitud de desdén o incluso de abierto desprecio que los adultos ya habíamos olvidado, y que a los jóvenes les produce sobre todo estupor. Para ellos, el hermoso artificio de la Europa unida forma parte del orden natural de las cosas. El precio que pagaremos todos si el proyecto se hunde yo prefiero no imaginarlo.

Banderas en frente de la sede de la Comisión Europea en Bruselas. (Sébastien Bertrand)

Banderas en frente de la sede de la Comisión Europea en Bruselas. (Sébastien Bertrand)