Bombones (por J.M. Velasco)

Posted By on Dic 30, 2011 | 7 comments


Bombones. Mientras la fila se hacía cada vez más pequeña, Pedro pensaba en los bombones. Su madre los compraba sólo una vez al año, lo cual siempre fue un inconveniente para su talante goloso y un sufrimiento para sus incipientes conocimientos matemáticos. Ése fue el motivo por el que nunca la gustaran las restas y, en aquella época, prefiriera las parábolas del catecismo que multiplicaban los panes y los peces.

Bombones. La navidad venía precedida por una caja pequeña donde el surtido se disponía como un rosetón de colores. Estaban acabando de elegir los equipos y él seguía allí plantado, con la camisa blanca y los pantalones cortos, de un gris marengo diluido por los muchos lavados, que mostraban sus rodillas huesudas y las pantorrillas llenas de los moratones provocados por batallas anteriores.

La ceremonia siempre era idéntica. Los dos mayores hacían de capitanes y se jugaban el derecho a elegir primero. Par o impar. Los dedos dictaban el veredicto rápido y a continuación comenzaba el instante tan temido de las decepciones, el que determinaba el rango de cada uno dentro del grupo. Empezaban por el rubio porque sabía driblar muy bien y metía muchos goles. Luego la cuestión estaba entre los remates de cabeza del pecoso o la fortaleza de su primo y eso solía depender de sus actuaciones en el último partido. Pero de lo que nunca había duda era que él siempre se quedaba para el final, como los bombones de chocolate blanco que nadie quería, o los de licor, que venían disfrazados bajo papeles de color plata y sólo le gustaban a su tío.

Conforme Pedro se iba quedando cada vez más abandonado, se negaba a ver la sonrisa que le dedicaban los elegidos cuando salían de la hilera. El odiado destino de portero le esperaba una vez más para ver cómo eran otros los que marcaban los goles. Perdía la mirada en las montañas de abrigos que delimitaban una de las porterías imaginarias, situada en el descampado de sus juegos infantiles. El pedregal se escondía detrás del colegio, justo donde terminaba la ciudad y comenzaban las huertas, el damero de cultivos donde se alineaban las lechugas y las tomateras que tantos recuerdos les traían a los abuelos sobre su pasado de labriegos.

Como era el más chico y la torpeza de sus pies con la pelota no prometía mejoras futuras sólo esperaba un milagro. Suerte que sólo faltaba dos días para que vinieran los Reyes. Ya imaginaba las caras sumisas de los compañeros cuando apareciera con su balón nuevo de reglamento. Ese año se había portado bien y Baltasar no tenía excusa, por mucho que su padre se quejara de la falta de trabajo.

J. M. Velasco escribe en Dormidas en el cajón del olvido