Penumbras (por Alberto Granados)

Posted By on Jul 8, 2011 | 183 comments


En mi casa familiar, mi niñez transcurrió marcada por la rutina. Los días no eran aburridos, pero se sucedían iguales a los anteriores y, previsiblemente, a los venideros, a un ritmo poco amigo de las novedades, las improvisaciones, las sorpresas o de lo aleatorio. Sin embargo, la llegada del verano trastocaba todo ese orden inamovible, como si mis padres, austeros hasta lo calvinista, no supieran qué hacer con semejante derroche de tiempo dedicado al ocio, al ir y venir caprichoso e improductivo.

El verano de mi niñez fue siempre una estación de contrastes y situaciones insólitas. Sin duda, los que, como yo, os criarais en un pueblo de los de antes del gran desarrollo tecnológico recordaréis cómo al llegar los calores, en nuestras casas se limpiaba bien temprano la puerta, se baldeaba concienzudamente la calle y el correspondiente trozo de acera y después se bajaban las persianas sumiendo las casas en un ambiente de penumbra, con la intención de conjurar las temperaturas tórridas con que el verano andaluz nos regalaba en aquellos pueblos del interior de la provincia de Jaén.

Siempre habíamos oído a nuestros mayores celebrar la luminosidad de las casas. La mía tenía una enorme cristalera, mil veces alabada por la luz y el calorcillo del sol, que ahora se oscurecía para evitar la solanera y sus efectos demoledores. La casa era todo el verano un claustro monacal, cerrado al mundo, donde nos macerábamos en sudor, y nosotros éramos un grupo sombras casi imperceptibles que nos movíamos de una habitación a otra mecidos por un ruido de abanicos que mi madre, mi abuela, mis tías y mis hermanas agitaban continuamente.

Mis hermanos y yo, cinco en total, estábamos férreamente controlados durante todo el año, pero al llegar el verano, el calor, la desgana, se instalaban en mis padres y la disciplina se relajaba bastante, de modo que era un continuo entrar y salir sin control, un sonar de timbre seguido de la presencia de algún amigo que venía a recogerme para jugar a nuestras anchas (ahora, gracias al verano, bastaba con plantearlo y obteníamos la autorización sin el habitual interrogatorio de primer grado), un telefonazo de algún otro amigo para ir a nuestras excursiones o a aquellas guerrillas a pedradas con los de otro barrio, que solían acabar con algún descalabro y un castigo que después el calor y la modorra hacían olvidar.

 

Alcaudete, en los años sesenta. En primer término, mi casa y la tapia del huerto

Alcaudete, en los años sesenta. En primer término, mi casa y la tapia del huerto

 

No es que nuestros padres nos abandonaran. Es que habíamos terminado la escuela, esa escuela en la que jamás había deberes, pero sabíamos de todo, y no sabían muy bien cómo controlarnos, así que nos entregábamos a una vagancia sólo marcada por el capricho, la cartelera del cine de verano (había que ir a la cancela de la iglesia a ver la catalogación moral de la película), los paseos con los amigos por el parque y los baños en alguna la alberca sin cloro, que compartíamos con alguna culebra, muchas ranas y un abundante lecho de algas verdosas, que además estaba muy lejos del pueblo y a la que íbamos andando, pisando un polvoriento suelo de tierra con nuestras alpargatas de cáñamo, que después dejaban unas bien patentes huellas en los suelos recién fregados. Curiosamente, esa situación no parecía tan grave como en el invierno.

Al llegar a la adolescencia, otro factor se convirtió en determinante de mis veranos llenos de penumbra: la vuelta de “las forasteras”, las chicas de las familias que habían emigrado, especialmente a Cataluña, y que traían un aire más cosmopolita, más atrevidillo y mucho más lanzado que las niñas de nuestra pandilla, que eran unas santas. Estas chicas, obligadas a romper con su vida anterior, volvían contando un anecdotario que, cierto o falso, nos parecía deslumbrante, un auténtico dominio de la situación, un envidiable savoir faire, que yo tardé mucho en identificar con una dosis letal de desarraigo y un frágil sentido de revancha contra un pueblo que les había negado el bienestar. A veces, nos trataban como pueblerinos irredentos, pero en otras ocasiones se producía el milagro y conseguíamos una intimidad, unas caricias furtivas, algún beso en medio de un guateque, una promesa de futuros goces que nuestras hormonas agradecían.

Después ellas volvían a su lucha en la emigración y nosotros volvíamos a nuestra rutina invernal, a las cosas de nuestro pueblo, que era todo el universo mundo que sabíamos abarcar, esperando a que llegara aquel Preuniversitario en el que nuestros padres se iban a ver obligados a enviarnos fuera, normalmente a Granada o a Jaén.

A mediados de septiembre empezábamos el curso, el calor iba remitiendo, las persianas volvían a levantarse, la luz entraba a raudales en las casas otra vez, el invierno se acercaba… Ahora la penumbra sólo estaba dentro de nosotros, acuciados por las ganas de volar y salir a hacerle frente a la vida, angustiados por el miedo a lo que pudiera haber ahí fuera…